¿A qué juega el fiscal?

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Juan Manuel Ospina
23 de febrero de 2017 - 02:00 a. m.
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Las actuaciones del Fiscal Néstor Humberto Martínez, especialmente frente al escándalo de corrupción con los pagos de Odebrecht en el que está como se dice, “jugando duro”, son reveladoras porque él no es ni políticamente ingenuo ni jurídicamente ignorante. Con olfato y ambición percibió que el tema de la guerra y la paz ya había dado los réditos  políticos que podía dar – el liderazgo indiscutido de Álvaro Uribe alimentado con la guerra fariana y el Nobel de Santos con el acuerdo de paz –; entendió que en la agenda política en Colombia y en el mundo, el tema de la corrupción jugaría un papel central y se colocó bien. Néstor Humberto quiere estar ahí en primera línea aprovechando el lugar privilegiado que le ofrece la Fiscalía con su enorme poder y autonomía – ¿Quién ronda al Fiscal? –.  Su meta final parecería clara: la Presidencia, con lo cual le habría llegado la hora de dejar de cargarle la maleta a Germán Vargas Lleras, con la ventaja de no tener que echarse al hombro al descompuesto Cambio Radical.

¿Estará dispuesto a asumir el costo de la que podría ser la decisión de su vida? Creo que sí, pues la oportunidad de coronar su sueño presidencial es ahora o nunca, aunque para ello deba darles la espalda - traicionar suena demasiado fuerte para él que sabe moverse con suma decisión e incomparable discreción -, a quienes hasta ahora han sido sus aliados o jefes políticos, empezando por Vargas Lleras y el mismo Santos; Con Uribe ha sido cauto siempre,  pero si toca, toca como se dice coloquialmente. Como Fiscal no se limitaría a hablar contra la corrupción, a denunciarla, sino a investigar y acusar, “poniendo a temblar a los pillos”, especialmente si estos son personajes de alto vuelo y no Juan Pueblo. Hacerlo, lo posicionaría como la voz de la regeneración nacional, de la dignidad y el respeto a lo público y responsable de sanciones penales reales  al enriquecimiento criminal, medidas que recibirían el aplauso popular. Una circunstancia equiparable con la de hace quince años, cuando luego de la necesaria pero fallida experiencia del Caguán, la opinión pidió mano dura contra las FARC y Álvaro Uribe se comprometió con la tarea, gracias a lo cual  barrió en las elecciones del 2002.

La tarea del Fiscal en este caso contaría con un verdadero blindaje internacional dado el carácter  del caso Oderbrecht, con Estados Unidos y Brasil como  jugadores de primera línea, que apoyarían a fondo la acción de la Fiscalía. Además, como lo ha manifestado y reiterado Martínez Neira desde su posesión, con respecto a las negociaciones de La Habana: si al acuerdo, pero no a cualquier precio en lo referente al narcotráfico y a las innegables relaciones non sanctas de la guerrilla con tan rentable negocio. Reconoce que durante el conflicto las FARC necesitaban financiarse, pero una vez firmada la paz, cualquier relación de ellas con esa actividad ilegal sería punible por no estar ya amparada con la condición de delito conexo con la lucha subversiva, reducida a la condición de delito común. En la misma línea de pensamiento, el Fiscal reclama reiniciar las fumigaciones. Ambas posiciones lo acercan a amplios sectores de opinión que apoyan las negociaciones de paz pero, que consideran al narcotráfico como  causa de nuestra violencia, que junto con la contratación pública, es alimento fundamental de la corrupción. Ni que decir que en Washington con o sin Trump, esa es música celestial que fortalecería y blindaría las pretensiones presidenciales que se cocinan en la Fiscalía.

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