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¡Al diablo con los políticos y los partidos!

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Juan Manuel Ospina
26 de junio de 2013 - 11:00 p. m.
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La consigna “ningún partido me representa” que retumba en las calles brasileñas recoge la actitud ciudadana que en los dos últimos años, se ha extendido de Túnez a Egipto, de España a Turquía, hasta llegar a nuestro vecino Brasil.

Una verdadera ola humana que se levanta de manera sorpresiva, sin  organización previa y atendiendo solo al llamado anónimo y masivo multiplicado en las redes sociales, a movilizarse. Un fenómeno (post)moderno que convoca al individuo sin distingo alguno para que recupere su voz, su derecho a ser reconocido como ciudadano, dejando de lado toda institucionalidad, todo asomo de representación o delegación. Al diablo con políticos y partidos, con iglesias y sindicatos, pues todos traicionan y velan solo por sus intereses. 

 Se trata de la primera  revolución ciudadana producto del mundo actual, globalizado y desideologizado, donde el individuo es el rey. Una revolución que no es de izquierda ni de derecha, alejada de todo confesionalismo, alimentada y dinamizada por  temas concretos  que les calan hondo en sus vidas a  esos ciudadanos indignados: en primer lugar, la corrupción descarada de la dirigencia, políticos y banqueros en especial, y más ofensiva aún cuando son los propios corruptos  quienes predican austeridad y sacrificio, mientras sacrifican el futuro de los jóvenes, como sucede en España, en Portugal, en Grecia.  La rabia la enciende también el intento autoritario de gobiernos confesionales de regular las costumbres individuales, con la pretensión de limitar la libertad individual, como sucede en Egipto y Turquía y como ya se dio  en Irán. 

O la extravagancia de gobiernos que sacrifican bienes públicos como el parque emblemático de Estambul para satisfacer  reflejos del viejo sultanato o los ingentes recursos que ha invertido Brasil  para construir las obras faraónicas para el Mundial de Futbol, en un país que  en medio de su reciente y muy publicitado boom económico descuidó, entre otros, el transporte público, la salud y la educación que hoy reclaman los ciudadanos. 

¿Qué hay en común en esas movilizaciones ciudadanas? Ante todo que son de jóvenes, de profesionales y artistas, de pensionados. Un poco como en el Mayo del 68 francés, no están los obreros ni las “vanguardias proletarias” de antaño, las heroínas  de los manuales revolucionarios de la vieja izquierda. Una revolución de clases medias  movidas no por  el hambre o el odio de clase sino por la falta de futuro y el fuerte rechazo a la corrupción y la  indolencia de unos dirigentes, sin consideración de partido o ideología. La dinámica de cambio  surge de  lo económico, como es el caso brasileño y turco; o de  lo político como en el mundo árabe, o por la pérdida de los beneficios obtenidos por las clases medias proporcionados por el ingreso a la Unión Europea, como ocurre en España. Se expresa  una  ley sociológica: los cambios acarrean expectativas de mayores cambios con  las consiguientes demandas ciudadanas.

¿Y Colombia? Buena pregunta, porque si superamos, ojalá por la vía de la negociación, la era de las FARC cuando cualquier asomo de cambio era, o es todavía satanizado por subversivo o porque supuestamente  le hace  el juego “a los bandidos”, se le perderá   el miedo a demandar y a movilizarse, poniéndonos a tono con  el resto del mundo. Les llegará entonces su  hora  a  nuestros anquilosados partidos y movimientos, entregados todos estos años a la triste rutina de pelearse puestos y contratos;  enfrentarán el desafío radical de conectarse con la gente, de interpretarla y acompañarla en sus demandas. Si fallan o incumplen, desaparecerán. La política se transformará con la paz,  al liberarla tanto  de los miedos que al país le impuso  la guerra como  de las garras de un clientelismo estéril, antidemocrático y antipatriótico que destrozó a los partidos. Al país político.

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