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Algo va de Colombia a Chile

Juan Manuel Ospina

26 de noviembre de 2021 - 12:00 a. m.

Son rasgos comunes de la realidad colombiana y chilena la sombra de violencia generadora de inseguridad, y aún de miedo en el ciudadano, y la crisis de la política, originada en buena medida por el agotamiento de partidos que durante decenios controlaron y comandaron la política. Los dos se hacen evidentes y determinantes en coyunturas electorales como las actuales. Ambos países, en medio de las turbulencias de su cotidianidad nacional, fueron modelo de democracias representativas con partidos de larga tradición y arraigo, donde el sistema funcionaba y los partidos se sucedían en el poder, hasta que emergieron fuerzas y realidades que rompieron esa aparente normalidad: la irrupción de la lucha armada en Colombia y la dictadura pinochetista en Chile.

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Con ellas la violencia y la polarización política se tomaron el escenario de la política y enrarecieron la atmósfera social. Eran países con profundas contradicciones y conflictos sociales en su avance hacia una esquiva modernidad: una Colombia agrícola con un Estado insuficiente frente a la complejidad de una realidad diversa en su geografía, población y cultura, que avanzó con el Frente Nacional en un proceso de mediocre modernización; mientras que los chilenos, con una economía minera y presencia de un Estado fuerte y con tendencias autoritarias, lo hacía con el democristiano Frei y el socialista Allende.

La incompleta modernización colombiana desató una quijotesca lucha guerrillera para acabar con la pobreza, el atraso y la injusticia, reinantes desde siempre. En Chile, la reacción fue distinta anidada en ese Estado fuerte con unas fuerzas armadas presentes, actuantes y poderosas. Reacciones en Colombia porque los cambios modernizadores eran insuficientes; en Chile porque avanzaban en una línea considerada socialista y aún marxista. Para los que tienen memoria, la larguísima visita de Fidel Castro a Chile fue la sentencia de muerte del gobierno de Allende, que culminó en el golpe de estado de Pinochet meses después.

Las actuales coyunturas político-electorales en ambos países son diferentes. En Colombia se vive el desgaste de casi veinte años de gobiernos caudillistas situados a la derecha del tradicional centro derecha que ya no tienen la bandera de la amenaza comunista (“castrochavista”) encarnada en la guerrilla, en las FARC, y que trata de preservar el miedo y la polarización en la opinión esgrimiendo otra amenaza, Petro y su discurso efectista, de claro corte populista, inconsistente y oportunista. La tarea política es ponerles fin a estos años de caudillismo de derecha, abriéndole el camino a un centro que supere los agotados y estériles enfrentamientos entre caudillos – Uribe, Petro – para abrirle el espacio a una política democrática que, superando el estéril juego de los extremos, busque unir esfuerzos y voluntades para la urgente tarea de iniciar el proceso de transformación nacional, reclamado por millones de colombianos. La Coalición de La Esperanza se consolida y lo liderará.

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En Chile, el centro político que gobernó en las últimas dos décadas de democracia sufrió el desgaste de una transición política compleja; su principal legado será la nueva constitución - que debió elaborarse mucho antes -; su desgaste político fue coronado con las protestas y la violencia de hace dos años, que le abrieron la puerta a una demanda por seguridad ciudadana y orden aderezada con el recuerdo retocado del Chile próspero y moderno de los años de la dictadura. Ahora, van a medirse en una segunda vuelta, los nostálgicos de Pinochet con el excongresista Kast, y los hijos de las revueltas con Boric, líder estudiantil en ellas.

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