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Piénsese lo que se quiera de Boris Johnson, pero sin lugar a dudas y en medio de sus excentricidades es un guerrero político de respeto. Mostró con creces que para liderar se necesitan dos cosas fundamentales; de una parte, estar sintonizado con “el querer de la gente”, mirando más allá de las adscripciones partidistas sin desdibujarse ni “volverse tibio” para, supuestamente, no levantar oleaje; lo segundo, mostrarse sin tapujos en el hacer y el decir, que se está dispuesto a jugársela por lo que se cree, sin ocultarlo ni disimularlo. Y ahí están los resultados políticos, irrefutables.
La otra cara de la elección inglesa presenta la realidad exactamente contraria, la de un Partido Laborista con un líder, Corbyn, gris y sin carisma ni gracia, la encarnación del burócrata que no moviliza y para colmo con un discurso desfasado respecto a la realidad de hoy, a la cual pretendía acomodarle los planteamientos del laborismo al Reino Unido de la Segunda Guerra Mundial y del período siguiente, que nada les dicen a los ingleses de hoy, enfrentados a realidades bien diferentes, aunque igualmente amenazantes. Tan claro fue el enorme descache de Corbyn que los conservadores ganaron en los sectores sociales y regiones que eran territorios inexpugnables, verdaderas fortalezas políticas del laborismo inglés desde mediados de los años 30 del siglo pasado. Un tipo de desfase histórico que, por lo demás, les está costando muy caro a los movimientos de orientación socialista, de izquierda o “progresistas” en diferentes países, como se aprecia hoy en Francia o en España o, para no ir más lejos, acá entre nosotros, con el petrismo en especial, aferrados a planteamientos y dogmas que no pueden aplicarse a nuevas realidades y dinámicas sociales y económicas.
Nuevas realidades en plena transformación, que estamos viendo y empezando a vivir sin lograrlas comprender plenamente en estas tierras, y no propiamente por una supuesta conspiración castrochavista o de la extrema derecha. Lo que nos ilustra la experiencia británica para salir de esta nueva patria boba en que estamos sumidos, de las conspiraciones de uno y otro signo, es que se necesita un liderazgo político fuerte y decidido, capaz de asumir riesgos, que no pretenda satisfacer a todo el mundo, que se sustente no en las maquinarias y maniobras políticas que hacen parte de la realidad, sino en la gran fuerza y legitimidad que da el hecho de estar en sintonía no con un discurso sino con una realidad; liderazgo con la capacidad de transformar posiciones y de incidir en las decisiones y acciones que finalmente se tomen.
Digo esto, y perdónenme la exageración, al comparar a nuestro presidente con el primer ministro británico. Johnson, uno de los impulsores iniciales del brexit, no dio el brazo a torcer y no se quedó esperando que los electores simplemente lo apoyaran. No. Salió a dar la pelea, a jugársela, pero escuchando; lo insultaron, pero perseveró y los ingleses, por encima de sus adscripciones partidistas, le reconocieron su compromiso y ello concitó el apoyo ciudadano. Le creyeron, cosa que no sucedió con Corbyn.
Duque no es hoy la marioneta de un Álvaro Uribe que por diferentes razones ya tiene “el sol a sus espaldas”. Es más un prisionero de sí mismo, respecto a lo cual podrían darse dos interpretaciones, ambas posibles pero contradictorias. La una, que se trata de una persona cabecidura que poco escucha, llevada de su parecer que conversa para explicar sus posiciones sobre la base de que ya todo está decidido. La otra es que le falta cancha, fogueo, para afrontar los desafíos (y enormes posibilidades) de la situación presente, que parece superarlo y, como le dijo el procurador Carrillo, puede ser la oportunidad para hacer la gran transformación que Colombia reclama y él tendría, añado yo, la responsabilidad histórica de liderar.
Veremos qué viene en el 2020. Deseémonos suerte. Hasta entonces.
