“Antioquia federal” era el grito de batalla regional en los años sesenta. Por todos lados se aseguraba que la región llevaba el resto del país a cuestas, especialmente el insoportable y estéril centralismo bogotano desde donde una burocracia y unas castas políticas lanudas vivían del sudor y la iniciativa “del pueblo de la dura cerviz”. El reclamo era recuperar la autonomía que Antioquia tuvo durante el período federal radical. Eran años cuando su economía estaba aún diversificada: minería de pequeña escala en territorios amplios de la tierra caliente y de la fría, relacionada con un sector comercial diversificado y abierto al comercio internacional; comercio que a su vez conformaba una dupla ganadora con una caficultura que al igual que la minería, era fruto del trabajo y la iniciativa de muchos pequeños y medianos productores. En fin, una actividad económica múltiple y con una composición articulada, presente en el conjunto del territorio, con una pluralidad de empresarios e inversionistas.
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Como remate la cereza o fresa del pastel era el avance pujante de una industria ligera de bienes de consumo que encontraba a su disposición una creciente demanda interna, con un poder de compra que Colombia no había conocido. Sosteniendo y alimentando este proceso, las regiones hasta entonces aisladas con sus mercados locales se fueron integrando a lo largo del siglo en un mercado nacional gracias al avance de caminos, ferrocarriles y navegación fluvial, especialmente por el Magdalena; hasta con cable aéreo para sacar el café de Caldas al exterior. Al calor de esos procesos se consolida la sociedad anónima, propia de la economía regional que permite la asociación de capitales y el avance de empresas de muchos propietarios unidos en un propósito económico común, compartido. Empresarios, accionistas y emprendedores, como se dice ahora, que se asomaban a la política sin volverse políticos profesionales, velaban por sus intereses, pero tenían claro que su suerte estaba indisolublemente ligada a la de su región: región próspera, negocios boyantes.
Era un mundo acotado, limitado si se quiere, puesto que actores y decisiones básicamente se daban en el seno de una sociedad y una economía ordenada, jerarquizada, abierta al mundo, pero sin perder su centro de gravedad y de decisión que seguía siendo regional/nacional. A muchos ese escenario se les volvió limitado, provinciano, parroquial; del exterior empezaron a llegar voces de organismos internacionales, financieros y de desarrollo, que invitaban a abrirse al mundo, a pasar de lo nacional/local a lo cosmopolita, a grandes mercados básicamente de materias primas para abastecer la industria internacional que nos suministraría las manufacturas demandadas, con calidad y precios mejores que los nuestros. Rápidamente, abruptamente, nos abrimos al mundo, a sus producciones y capitales…y a sus vicios, empezando por la marimba que como mercancía se estableció al empuje de una demanda internacional por psicoactivos, creciente y solvente.
Han sido veinte años desde que todo se puso patas arriba y, como suele suceder, allí donde lo anterior fue más exitoso y estuvo más arraigado, la crisis es más severa. Esa es la trasescena de la crisis antioqueña, de su economía y su política, de su sociedad. Años durante los cuales el empuje regional perdió su norte y su cauce, desbordándose en un frenesí del todo vale, envuelto en un aire de fin de fiesta, con un único propósito: “despacharse” y rápidamente. Todo ello aderezado con una corrupción que, como río crecido, todo lo arrastró y destruyó.
Esa economía de sociedad anónima, donde el accionista es el centro, fue barrida por el proceso de concentración y fusión de empresas, que es la historia del Grupo Empresarial Antioqueño (GEA) en estos años, pasando por encima de lo que significó para la región, para sus accionistas, para sus empleados y trabajadores, para el gobierno de Antioquia. Lo anterior se dio junto con la hiperconcentración de la actividad y vida regional en Medellín y su zona de influencia. Ya por esa época decía en una conferencia en la Asamblea Departamental que las luces de Medellín no dejaban ver la oscuridad de sus regiones.
Finalmente, esos cambios impactaron la política en Antioquia, que antes podía ser paternalista pero no era descaradamente clientelista como ahora. Álvaro Uribe fue amo y señor, jefe indiscutido en estos veinte años, pero su reinado llega a su fin, y los caudillos a diferencia de los reyes, no tienen herederos. Otro vacío que alimenta la crisis.