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Llevo días con la sensación de que lo que estamos padeciendo en esta campaña política, ya lo habíamos vivido antes.
Ese parecido se remonta a la de 1998, adelantada al calor del Proceso 8000, que estuvo dominada por la garrotera interminable entre Horacio Serpa, fiel escudero del Presidente saliente, un Ernesto Samper acorralado por el escándalo, y Andrés Pastrana, su rival en las elecciones que cuatro años antes habían dado pie al escándalo en cuestión.
Acusaciones y descalificaciones iban y venían frente a un país que estaba hasta la coronilla de escándalos y que quería avanzar, enterrar ese pasado triste y destructivo y mirar con optimismo hacia el futuro: en esas elecciones 7 millones de colombianos votarían por la paz. La pelea, el tono personal de la misma, copaba los escenarios y la cobertura que realizaban los medios. De Noemí Sanín, candidata ahogada por la algarabía y los insultos que se imponían, salió finalmente la voz que expresó con sencillez y claridad el querer de la gente. Elaboró sobre la marcha un mensaje de TV que martilló en los días finales de la campaña y que por poco le da el triunfo. Presentaba a Serpa y Pastrana trenzados en una pelea de perros y gatos, en medio de ambos aparecía Noemí que luego de mirar inquisidoramente al uno y al otro, se dirige al televidente y le pregunta si es eso lo que quiere; le dice que ella sí no y que por eso le propone a él y al país un cambio. El mensaje caló porque expresaba el sentimiento de la mayoría.
Hoy la situación es bien parecida: en un país con sus mayorías hastiadas de la guerra y urgido de cambios y ajustes profundos en lo político, social y económico, no se oyen las propuestas de los candidatos y candidatas sobre cómo abordar esos desafíos. Solo se escuchan los insultos, descalificaciones y denuncias, a cual más escabrosa, que se lanzan Uribe y Santos, reforzado éste por Germán Vargas. La campaña reeleccionista pretende dividir el país entre los amigos y los enemigos de la paz, cuando la realidad verdadera es una guerra a muerte entre ambos políticos, para ver quién se queda con el poder y la gloria. Uribe no descansará hasta que su archirrival muerda el polvo, y Santos no ha encontrado más defensa que afirmar que todo aquel que no esté con él, está contra la paz, es decir, con la guerra. Una estrategia efectivista y mentirosa cocinada por el rey regional de la política basada en la difamación, el hoy defenestrado JJ Rendón.
Es el momento para que alguno de los otros candidatos, que están siendo arrollados por la polarización salga, como hizo Noemí en el 98, para expresar contundentemente el rechazo ciudadano por lo que se está viviendo en la campaña y para plantear que Colombia se merece y necesita el debate de las ideas y de las propuestas, no de las vanidades. Marta Lucía y Peñalosa se han pronunciado en ese sentido, pero de manera un tanto marginal e inaudible en medio de la algarabía de los candidatos pugilistas.
Creo que Marta Lucía por sus compromisos y realizaciones, a destacar lo referente al conflicto armado y al desamparo de los sectores productivos, por su claridad y la seriedad con que asume sus responsabilidades, es sin duda y en los momentos actuales quién mejor puede decir basta ya de tanta garrotera y descalificación, que llegó la hora de pensar con grandeza y desprendimiento en un país que reclama nuestra atención. Todavía tiene tiempo de convocar a los ciudadanos inconformes con lo actual. Le sobran carácter, sentido del compromiso y argumentos para liderar la tercería que nos saque de la confusión presente. Me calificarán de ingenuo, pero me mantengo en mi esperanza.
