El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Ciudad y agua, un matrimonio perfecto

Juan Manuel Ospina

10 de febrero de 2021 - 10:00 p. m.

Ciudad y agua, un binomio tan viejo como la civilización. Ciudades asentadas a las orillas de mares, lagos y ríos, desde siempre han reivindicado que no hay vida sin agua –para beber, para cultivar, para generar energía (la otra condición para la vida) para transportarse, para simplemente descansar y conversar -. En sus orillas, ciudad y naturaleza se entrelazan, pudiendo propiciar una reconciliación que buena falta le hace hoy a la posibilidad de la continuidad de la vida.

PUBLICIDAD

Pienso esto observando la triste situación presente del río Manzanares que atraviesa a Santa Marta, en su corto recorrido de la Sierra Nevada al mar; y en ese paso pierde su alma nacida en la nieve de la Sierra y llega al Caribe convertido en una triste e innecesaria mezcla de alcantarilla y basurero. De río solo le queda el nombre y una vieja cumbia.

Y llama la atención, mejor sería decir, desentona su estado actual al atravesar una ciudad, donde se ha ido imponiendo el civismo: calles limpias, donde en el fresco de la mañana la gente barre el frente de sus casas; una tarea de aseo de calles y espacios públicos que culmina un contratista privado, modelo de eficiencia que nadie esperaría encontrar.

Santa Marta es hoy un ejemplo para ciudades de más peso y riqueza pero que no les llegan a los tobillos a los samarios con su cultura ciudadana – no es sino ver sus cifras de contagios y fallecimientos por la pandemia, impactantemente buenos, en una ciudad pobre con altísimos índices de pobreza de su población-. Para rematar, una ciudad que recuerda a Valledupar por la arborización en su centro y en los barrios de clase media; los pobres en las laderas invadidas, sin vías ni sombrío, ni agua.

Read more!

Y la recuperación del río y de su ronda no es un proyecto faraónico de grandes inversiones y obras, sino de reconocimiento de su significado e importancia para aprovechar esa cultura ciudadana orientándola a reconocer – literalmente, a volver a conocer su río - para rescatarlo de un viejo e injusto olvido. El Manzanares recuperado le daría a la ciudad y a los samarios, tantas veces vilipendiados, un mérito adicional en términos de su civilidad y organización.

Entiendo que siendo alcalde Carlos Caicedo, el actual gobernador tenía adelantado el primer y fundamental paso, el que vale una plata, reubicar las familias que hace años invadieron la ronda del río, pero de Bogotá ordenaron reorientar los dineros a la construcción de viviendas para víctimas desplazadas por la violencia; gestión válida pero que no debía sacrificar otro proyecto necesario.

Algunos dirán que, habiendo tanta necesidad, recuperar un río y pequeño, es un lujo. Están equivocados porque generar en concreto una cultura de respeto y conservación del agua y de la naturaleza en general, se volvió un imperativo y no un lujo. Recuperar espacios que además son sociales y enriquecen de muchas maneras a una comunidad que tiene arraigo e identidad y respeto por lo público, sentimiento bien extraño entre nosotros, tiene todo el sentido, aunque no sea espectacular, o especialmente por serlo. Lo que acá vale no es la magnitud de la realización, es su significado.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.