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En el fútbol de cada país se insinúa su realidad, su perfil y evolución como nación. En el caso colombiano esto es claro y expresa esa inmadurez nuestra, que nos hace pasar, sin fórmula de juicio, a la euforia del todo lo podemos, creyendo estar de tú a tú con los grandes del mundo, no solo en la cancha, como sucede al creer por ejemplo que con nuestro ingreso a la OCDE “ya hacemos parte del exclusivo grupo de los mejores”. A la par de elevarnos en nuestras pretensiones, nos sumimos, sin fórmula de juicio, en la depresión total, autocalificándonos de ser lo peor y alimentando nuestro masoquismo con los inciertos rankings mundiales del país más... y ponga ahí lo que quiera, con una condición, que sea una comparación negativa para Colombia.
Este sumergirnos en las limitaciones, deficiencias, irracionalidades, alimenta unos discursos fatalistas cargados de pasión destructiva o de indiferencia, que llevan a las personas a enconcharse aún más en el limitado proyecto personal de sobrevivir y de avanzar a cualquier costo, con el criterio de que nada me está vedado y que, si no me lo conceden, simplemente me lo tomo, “me cobro por derechas”. Lo hace el acomodado y el marginado, el rico y el pobre, que en el fondo se trata del mismo comportamiento social. Y es en esa carencia social donde debemos concentrar los esfuerzos de transformación que reclama un país insatisfecho, por no decir indignado —tanto a la derecha como a la izquierda y el simple ciudadano sin opción partidista—, con la realidad y sus perspectivas.
La evolución de nuestro fútbol, como se apreció en Rusia, muestra que si nos proponemos, podemos operar como un equipo coordinado que aprovecha las condiciones y posibilidades, capaces de potenciar los aportes individuales, para el logro de propósitos comunes. Esos avances futbolísticos concretos señalan nuestros posibles comportamientos en lo social, aun en medio de recaídas teñidas de pesimismo que son expresión de una realidad de fondo, la de un alma individualista forjada a lo largo de una historia social desprovista de un proyecto, de un relato colectivo, en cuya ausencia fue sustituido por uno que exalta solo el esfuerzo individual y familiar; su componente colectivo es etéreo y frágil, percibido más como un obstáculo con sus normas y restricciones para el logro de los objetivos personales, que son los que verdaderamente importan.
La urgencia es la construcción ciudadana del relato de un futuro posible, el de la democracia, que sea nuestro propósito nacional, para emplear ese concepto fundamental que siempre reivindicó Alberto Lleras y luego Belisario Betancur, necesario para transformar nuestro obrar colectivo para poder, sin imposiciones, colocarnos en el camino realista de las transformaciones, alejados tanto del optimismo ingenuo con sus toques francamente arribistas, como del fatalismo de una sociedad que estaría condenada a su suerte.
Para esa tarea las viejas organizaciones políticas están agotadas y el proceso social en curso las está llamando a calificar servicios. Se configuran nuevas organizaciones y prácticas políticas de carácter o naturaleza ciudadana, abiertas y deliberantes; más pragmáticas o realistas que las marcadamente ideológicas del pasado reciente; centradas en principios básicos de democracia, inclusión, emprendimiento y cultura, transparencia y honestidad personal y social, y un enorme respeto al otro y a la vida en general, no solo la simplemente humana.
En medio de grandes diferencias esas son las fuerzas que en diferentes escenarios nacionales se expresan hoy en el mundo, Colombia incluida. Todavía no se tiene claro cómo lidiar con nuestro complicado y aflictivo pasado reciente, ni olvidando ni manteniéndolo en el centro del escenario, que no puede seguir capturado por ese pasado que urge trascender.
