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Continuidades y cambios rurales

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Juan Manuel Ospina
20 de agosto de 2015 - 04:03 a. m.
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En el campo colombiano unas realidades cambian y otras permanecen, como se observa en el avance conocido del Censo Agropecuario.

Permanece una estructura de tenencia básicamente bipolar entre los muy grandes predios con más de mil hectáreas, que representan el 32 % del área destinada a cultivos, y los más pequeños, fincas de menos de cinco hectáreas, el 9% del área total. Desde 1960 para acá esas cifras extremas poco se han modificado, a contra pelo de la creencia general: las de menos de cinco hectáreas pasaron de ser el 62% de los predios al 70%, expresión de la atomización del minifundio. Las fincas con una cabida mayor a las mil hectáreas tienen un pequeño incremento del 30% al 32%, probablemente en las zonas de una frontera agrícola que avanza en la medida en que se descuaja más selva; está por lo demás, en el margen de error muestral.

El tamaño de la mediana propiedad, al igual que el de la grande, varía enormemente según la región, por las diferencias entre ellas; por ejemplo, las áreas de las fincas en las sabanas de la Costa Caribe comparadas con las de tierras cafeteras andinas, o las tierras de las sabanas de la Altillanura con las de la Sabana de Bogotá; dada esa dispersión, la mediana propiedad podría comprenderse en un rango muy amplio que va entre las mil y las diez mil hectáreas, y en esa perspectiva comprendería hasta el 68% del área en producción, que obligaría a revisar la visión bipolar.

Se observa estabilidad en un catastro donde aumenta el número de los agricultores que trabajan en tierra propia, en 1979 era el 69% y para el 2014, el 74%. De los 113 millones de hectáreas que constituyen el territorio nacional, el 51% afortunadamente sigue cubierto con bosques naturales – una cifra que debería incrementarse y no disminuirse – y del 41% destinado a usos agropecuarios, el 80% está en pastos y el 19% en agricultura.

Se confirma que la agricultura colombiana, a partir de la apertura económica de los noventa ha visto aumentar el área de cultivos permanentes en explotaciones de plantación tropical. Son los commodities para la exportación: banano, palma aceitera, caucho, cacao, flores… preexistentes al cambio de la política que los favoreció. La responsabilidad de garantizar el suministro de alimentos quedó a cargo de la importación de alimentos y de la agricultura campesina o familiar, generadora de las 2/3 partes del empleo rural permanente.

El cambio más significativo que presenta el censo, es la mejoría de las cifras sociales, indicativo de la posibilidad en “el decenio del postconflicto” de acabar finalmente la pobreza en el campo - acabando el déficit habitacional, que es básicamente de calidad; introduciendo el preescolar rural y completando la secundaria y las formaciones vocacionales hoy en déficit cualitativo y cuantitativo, para responderles a unos jóvenes que no ven más futuro que en las ciudades -. Sería posible un campo sin analfabetas y con una conciencia ambiental, hoy en ascenso, respecto al manejo del suelo y del agua, cuyas fuentes naturales directamente le suministran el 73% del líquido requerido para la producción.

De otra parte, permanecen graves carencias que impiden lograr un sector rural próspero, técnico y creador de riqueza: El 83% de los productores rurales aún no cuentan ni con maquinaria ni con una infraestructura básica para adelantar su tarea, como si se estuviera en el mundo de hace un siglo. El 89% de ellos no solicitan crédito; quienes más lo hacen, el 67%, son los pequeños. La asistencia técnica se acabó en Colombia, menos del 10% accede a ella.

El atraso rural está diagnosticado en sus causas. Tenemos un sector rural que si no avanza al menos se sostiene, lo cual es en sí mismo insostenible. En el mencionado decenio puede adelantarse una transformación rural a partir de una estrategia que no solo atienda la cuestión de la tenencia de la tierra, como bien lo presenta el censo.

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