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Cuando la economía se vuelve un casino de películas de vaqueros

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Juan Manuel Ospina
07 de abril de 2016 - 03:39 a. m.
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En el mundo de hoy se están acabando los secretos, los rincones oscuros a donde no llegan las “miradas indiscretas”, gracias a una red de información que nos recubre, de cruce de datos que permite que la realidad turbia e inconfesable, que desde siempre se ha movido “debajo de la mesa”, empiece como nunca antes, a salir a la luz, en momentos en que ya es astronómico el volumen de información, de dinero y de corrupción o al menos de ilegalidad, que se mueve en ese mundo ahora integrado e intercomunicado.

Algunos poderosos – los habituales beneficiarios del poder que quieren y necesitan seguir moviéndose en la sombra – pretenden mantener protegido el secreto, pero su pretensión es vana, pues con una información sistematizada, para que la verdad de la realidad brote a borbotones, basta con acceder a ella por diferentes medios,– son los wikileaks, las filtraciones de Snowden y ahora los “documentos de Panamá”, para solo mencionar los más relevantes –

El cáncer social es la corrupción, especialmente la de cuello blanco que no reconoce fronteras ideológicas ni culturales ni de riqueza, y que brota con igual fuerza en el mundo antes socialista y hoy sometido a una ofensiva capitalista inédita, con el capitalismo mafioso ruso, que hace palidecer a los italianos, Vaticano incluido, hasta el capitalismo de estado chino; de Islandia a la Argentina. Son tramposos los jefes de estado y los políticos, pero también sacerdotes y obispos, deportistas, empresarios y empresas. Vivimos un mundo con una cultura exhausta que recuerda la decadencia del imperio romano con los bárbaros asediándolo y Nerón de rumba; o a la aristocracia francesa ahogada en su frivolidad y vanidad, la antevíspera de la revolución que habría de cortarles la cabeza. Cuando se pierde el sentido de trascendencia de la vida, de solidaridad con el otro – vecino, pariente, compañero de trabajo o de rumba y con el pobre que aunque invisibilizado sabemos que existe así no lo queramos admitir -, cuando desaparece o se banaliza el trabajo con su sentido humano porque nos permite vivir decentemente, sentirnos útiles y reconocidos, por humilde que sea “el laburo”. Soy y crezco en el trabajo, socializo y me integro en el trabajo. Es el reino de lo inmediato, de recibir desmedidamente sin dar nada a cambio, donde todo se resuelve con plata, todo tiene un precio; un tener convertido en el fin de la vida de individuos atrapados por el afán de poseer y de gastar - no energías y potencialidades humanas, sino dinero-. Poco importa cómo se consigue ese dinero, importa solo cuanto se consigue.

Paraísos fiscales, como Panamá siempre han existido para burlar leyes y obligaciones; viven su cuarto de hora en la era de la globalización financiera y comercial, que no política, convertidos en instrumento fundamental para la canalización y manejo de los gigantescos flujos económicos que desbordan al mundo contemporáneo, ya no solo al Occidente capitalista. No hay ni autoridad ni normas internacionales que siquiera se acerquen a lo que, con sus imperfecciones y limitaciones existió durante el reinado de los estados y legislaciones nacionales. Hoy el dinero, la producción y el empleo se volvieron difusos y podrían cantar al unísono “no soy de aquí ni soy de allá”; son de todas partes o están presentes en cualquier parte, a nadie responden y a todos atienden. No tienen otra ley que la rentabilidad y la discreción, la cual está llegando a su fin en este mundo interconectado. Tal vez sea ese el elemento que empiece a cambiar un mundo sórdido, peligroso y sin un futuro sostenible. Puedo sonar apocalíptico pero los tiempos que vivimos no dan para menos.
 

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