El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Cuando la economía se vuelve un casino de películas de vaqueros

Juan Manuel Ospina

06 de abril de 2016 - 10:39 p. m.

En el mundo de hoy se están acabando los secretos, los rincones oscuros a donde no llegan las “miradas indiscretas”, gracias a una red de información que nos recubre, de cruce de datos que permite que la realidad turbia e inconfesable, que desde siempre se ha movido “debajo de la mesa”, empiece como nunca antes, a salir a la luz, en momentos en que ya es astronómico el volumen de información, de dinero y de corrupción o al menos de ilegalidad, que se mueve en ese mundo ahora integrado e intercomunicado.

PUBLICIDAD

Algunos poderosos – los habituales beneficiarios del poder que quieren y necesitan seguir moviéndose en la sombra – pretenden mantener protegido el secreto, pero su pretensión es vana, pues con una información sistematizada, para que la verdad de la realidad brote a borbotones, basta con acceder a ella por diferentes medios,– son los wikileaks, las filtraciones de Snowden y ahora los “documentos de Panamá”, para solo mencionar los más relevantes –

El cáncer social es la corrupción, especialmente la de cuello blanco que no reconoce fronteras ideológicas ni culturales ni de riqueza, y que brota con igual fuerza en el mundo antes socialista y hoy sometido a una ofensiva capitalista inédita, con el capitalismo mafioso ruso, que hace palidecer a los italianos, Vaticano incluido, hasta el capitalismo de estado chino; de Islandia a la Argentina. Son tramposos los jefes de estado y los políticos, pero también sacerdotes y obispos, deportistas, empresarios y empresas. Vivimos un mundo con una cultura exhausta que recuerda la decadencia del imperio romano con los bárbaros asediándolo y Nerón de rumba; o a la aristocracia francesa ahogada en su frivolidad y vanidad, la antevíspera de la revolución que habría de cortarles la cabeza. Cuando se pierde el sentido de trascendencia de la vida, de solidaridad con el otro – vecino, pariente, compañero de trabajo o de rumba y con el pobre que aunque invisibilizado sabemos que existe así no lo queramos admitir -, cuando desaparece o se banaliza el trabajo con su sentido humano porque nos permite vivir decentemente, sentirnos útiles y reconocidos, por humilde que sea “el laburo”. Soy y crezco en el trabajo, socializo y me integro en el trabajo. Es el reino de lo inmediato, de recibir desmedidamente sin dar nada a cambio, donde todo se resuelve con plata, todo tiene un precio; un tener convertido en el fin de la vida de individuos atrapados por el afán de poseer y de gastar - no energías y potencialidades humanas, sino dinero-. Poco importa cómo se consigue ese dinero, importa solo cuanto se consigue.

Paraísos fiscales, como Panamá siempre han existido para burlar leyes y obligaciones; viven su cuarto de hora en la era de la globalización financiera y comercial, que no política, convertidos en instrumento fundamental para la canalización y manejo de los gigantescos flujos económicos que desbordan al mundo contemporáneo, ya no solo al Occidente capitalista. No hay ni autoridad ni normas internacionales que siquiera se acerquen a lo que, con sus imperfecciones y limitaciones existió durante el reinado de los estados y legislaciones nacionales. Hoy el dinero, la producción y el empleo se volvieron difusos y podrían cantar al unísono “no soy de aquí ni soy de allá”; son de todas partes o están presentes en cualquier parte, a nadie responden y a todos atienden. No tienen otra ley que la rentabilidad y la discreción, la cual está llegando a su fin en este mundo interconectado. Tal vez sea ese el elemento que empiece a cambiar un mundo sórdido, peligroso y sin un futuro sostenible. Puedo sonar apocalíptico pero los tiempos que vivimos no dan para menos.
 

Read more!
Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.