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Cuando reinan las tinieblas

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Juan Manuel Ospina
25 de septiembre de 2014 - 02:11 a. m.
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Hoy puedo sonarles a brujo, montado en un discurso esotérico, pero todo día que pasa me convenzo más de que eso que se llama el mal, que cuando éramos niños lo encarnaba el diablo.

El mal está a la ofensiva en el mundo, no solo en Colombia. Apabulla ver cómo se desvalorizó la vida o si se quiere, se banalizó la muerte; cómo desapareció toda perspectiva de proyecto, todo sueño, y se los tragó una inmediatez que asfixia; cómo el reinado despótico del egoísmo borró cualquier vestigio de acciones y propósitos colectivos. Cómo algo tan anticuado pero tan necesario como el honor cayó pisoteado por la más vulgar atarbanería. En fin, cómo la viveza es hoy el “valor social” más posicionado mientras que el esfuerzo y el sentido del compromiso aparecen relegados a las páginas de cualquier novela romántica.

¿Y si esto es así, entonces, qué pasó? Las explicaciones más elementales circunscriben el tema al cáncer social y humano del narcotráfico que puso a instituciones, personas, valores y creencias patas arriba, mientras que sus huestes ocupaban la sociedad con ánimo de señor y dueño. Se está cosechando el resultado de una modernidad que con su racionalismo sobrepone unas instituciones frías a la realidad de la vida de los seres humanos. El valor de la persona ha quedado relegada al cuarto de san alejo al imponerse las pretensiones de poder y de control de unas tecnocracias poderosas, los nuevos mandarines que gobiernan el mundo. Fue o mejor, estamos frente al reinado de unas burocracias distantes de la vida normal de las personas.

Se creyó que la razón podía y debía desterrar del alma y de la cultura humana todo aquello que generara un sentido de identidad, de pertenencia, de trascendencia de lo cotidiano, con el propósito de instaurar el reino de lo secular, de lo racional, de lo institucional. La humanidad es hoy más rica materialmente, una riqueza por lo demás pésimamente distribuida, pero más pobre que nunca en su condición ontológica.

Y lo paradójico de todo esto es que mientras se rechazan los sentimientos religiosos como realidades beatas y premodernas, lo religioso regresa caricaturizado en tantas sectas que tienen como negocio vender felicidad. La ilusión de la llegada de un mundo moderno y cosmopolita que dejaba atrás la vieja nación, encontró como respuesta un regreso agresivo del sentimiento nacional, de los nacionalismos que buscan romper unos estados artificiales creados por las grandes potencias para el servicio de sus intereses. Es el caso de los conflictos tribales en África; la violencia de un mundo árabe que quiere ser simplemente árabe y no una mala copia de las hoy desacreditas democracias occidentales; y una América Latina que a los trompicones parece que empieza a dejar de ser el patio trasero norteamericano para buscar en su propia historia elementos de identidad que finalmente le permitan ser occidental y latinoamericana.

La secularización terminó por desacralizar la vida y condenar el hombre a la atomización y a la soledad. El falso cosmopolitismo es más una creación de los medios y del dinero que una transformación de las almas y de la solidaridad. Por eso, el nacionalismo hoy aparece como garante de esa seguridad y solidaridad perdidas, que pretenden recuperarle identidad y sentido a lo colectivo.

¿Y qué nos espera? Crecen las tendencias y las aspiraciones a lo largo y ancho del planeta a regresar a entornos reales, no virtuales –cargados de “mojones de vida”- para recuperar un sentido de cercanía. En la política quedaron atrás los discursos de la modernidad, de las grandes transformaciones para buscar conciliar compromisos ciertos sobre realidades y cuestiones concretas, no sobre sueños. Apostaría a un renacer del país desde abajo, desde el mosaico de realidades concretas que lo conforma, desde las raíces, con actores concretos que se relacionan entre sí. A pesar de lo que digan la prensa y los noticieros, no todo está perdido en Colombia y luego de las tinieblas habrá un nuevo amanecer.

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