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He sido profesor universitario en varios períodos de mi vida. Debuté muy joven con tiza y tablero. Con cambios en estos años, pero siempre eran clases presenciales, con un sabor a la clásica clase magistral donde el profesor expone y los estudiantes, generalmente un grupo grande, escuchan, concluyendo en una tanda de preguntas y repuestas.
Con la llegada del coronavirus, de la noche a la mañana mi tarea profesoral en el Externado dio un giro de 180 grados: de la clase presencial se pasó sin fórmula de juicio a la virtual, a distancia y telemática, un salto tecnológico inesperado que nos dejó en manos del Zoom. La experiencia ha sido de luces y sombras. En el curso que dicto todos hemos aprendido; paradójicamente, la comunicación virtual logra una relación más directa y personal con cada estudiante, con su rostro en la pantalla del computador y que antes se disolvía en el colectivo del aula. Ha permitido que participen en la discusión estudiantes que en el salón de clase permanecían silenciosos, pasivos, como si ahora se sintieran más seguros participando desde su espacio propio.
La experiencia me ha dejado algo claro, la virtualidad puede ser un complemento, nunca un sustituto de la docencia presencial. Pues la educación es una tarea donde no solo está en juego la transmisión de ideas, sino el papel insustituible de la interrelación humana entre profesor y alumnos y de los alumnos entre sí. Conozco a más de una persona formada, culta y analítica que dice que aprendió más conversando y discutiendo en la cafetería de la universidad que en el salón de clase. Y la razón es sencilla, el aprendizaje y la formación humana no se reducen, no se limitan a acumular información, para lo cual bastaría con tener acceso a una biblioteca y hoy a internet.
Es mucho más, es una experiencia total de comunicación de conocimientos, de energías, de compartir experiencias de vida —tanto de sueños como de dolor—. Generalmente el profesor que marca, que deja huella, que forma en el sentido pleno de la palabra, no es el más sabihondo que derrocha conocimientos teóricos y citas bibliográficas, sino el más humano, poseedor de algo que solo la vida proporciona, sabiduría; es el que inspira, moviliza intereses, curiosidad científica, sentido de compromiso con la verdad, con la gente y la vida. Se produce entonces en ese contacto humano la magia de la empatía que requiere roce físico, no simplemente telemático.
Estas reflexiones, estas vivencias se aplican en general al mundo de la virtualidad que ha venido imponiéndose y que la pandemia ha impulsado sin fórmula de juicio: el teletrabajo, el comercio a distancia, el entretenimiento sin socialización (la ida a cine el fin de semana, el concierto compartido y después celebrado…), y que parecería que acabará con el café conversado de fin de la tarde, el paseo de sábado a comer mecato en la carretera…
La revolución digital genera un mundo eficiente y organizado, casi que aséptico, del cual los algoritmos y el “big data” destierran el sentido humano de la vida —de seres libres y no de fichas de un engranaje racional y desalmado—, de lo imprevisto, del encuentro que ilumina, de la conversación que aclara. Hoy como nunca antes había sucedido en la historia humana, los avances tecnológicos perdieron su sentido y propósito, volviéndose profundamente deshumanizantes. Este es uno de los grandes temas a debatir, una vez salidos de esta cuarentena que nos ha ayudado a entender el entramado que se teje y que, como humanos, debemos romper.
