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El alcalde

Juan Manuel Ospina

05 de agosto de 2015 - 11:58 p. m.

En la historia, la ciudad ha sido el principal teatro de la acción humana, consagrándose como el escenario más propicio, más natural si se quiere, para el ejercicio democrático directo, sin mediadores o representantes.

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Desde la Edad Media, a las ciudades por su condición de principal teatro del acontecer diario de las personas, independientemente de su condición, se les ha reconocido como cuerpos sociales independientes y fundamentalmente autónomos, con características y vida propias; basta recordar los famosos fueros municipales españoles que sobreviven desde el Medioevo.

En Colombia, los municipios con sus cabeceras urbanas fueron importantes en el período colonial, pero se marchitaron a lo largo del republicano. Reviven a mediados de los ochenta con la elección de alcaldes, obra del gobierno de Belisario Betancur; la Constitución del 91 les consolida su protagonismo y centralidad, al establecerlos como “la entidad fundamental de la división político administrativa del Estado”.

Al integrarse en el municipio de una manera más real, más natural si se quiere, gobernante y gobernados, se da una lógica articulada con los procesos ciudadanos locales y no con los políticos nacionales. En ese escenario, el alcalde está llamado a ser el legítimo y directo líder de la dinámica ciudadana.

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Cuando en 1985 al municipio colombiano se le “resucitó de sus cenizas”, el propósito era que el alcalde debía tener ese perfil ciudadano – “cívico” se decía en ese entonces –, comprometido no con una fuerza política determinada sino con la comunidad, su electora y a quien debía rendirle cuentas. El alcalde podía tener sus preferencias/opciones político/partidistas, pero como gobernante no tenía más compromiso que con sus electores.

Pero de inmediato los partidos, sin distingo, entendieron que politizar esa elección les permitiría asentar su pirámide de poder y ofrecerles a sus huestes y jefes locales un botín presupuestal apetecible, acrecentado por un traslado significativo de recursos a los gobiernos territoriales. El resultado, unas elecciones territoriales que se organizan en función de intereses políticos ajenos a las realidades locales y a las expectativas de unos ciudadanos que acuden a la abstención para expresar su distancia e indiferencia frente al proceso; una captura de muchos gobiernos y recursos territoriales por la lógica clientelista, especialmente efectiva y voraz en esos ámbitos locales, o por los grupos armados que encuentran en los presupuestos una fuente segura para alimentar sus finanzas.

Lo interesante del cuadro es que cada vez más, el epicentro del movimiento de la sociedad, de sus avances, está por fuera de una Bogotá que se distancia de la Colombia profunda, la de sus regiones, donde se destacan las ciudades intermedias – de Pasto a Santa Marta, de Cúcuta a Manizales – en pleno crecimiento y transformación, fruto de sus propias energías e iniciativas; y un sector rural que clama porque se piense menos en “que hacer desde la Capital por el país” y se proceda a fortalecer y organizar la capacidad regional y local para que, desde allá y no desde acá, puedan recorrer SU camino de transformación y no el que le pretenden imponer, fallida y equivocadamente, una tecnocracia alejada de la realidad múltiple y vivaz de nuestro mosaico de regiones, posibilidades y aspiraciones. El lema debe ser “que florezcan mil iniciáticas regionales”, definidas y ejecutadas por ese binomio inatajable e incorruptible de comunidades que finalmente entienden que son ellas las dueñas de su destino, y de gobiernos surgidos del seno de la decisión ciudadana con el único compromiso de atender, de servir a esa decisión.

Hoy es una quijotada pero fue la que le dio nacimiento a la elección de los mandatarios locales, y tendrá su revancha al terminar de agotarse el viejo sistema político, centralizado y basado en la elección de representantes, encabezado por los partidos. Estará enfrentado a reinventarse, no simplemente reformarse, o desaparecer, enfrentado a un escenario inédito catalizado por el sismo político que desatará la firma de la paz, convertida en imperativo histórico. Solo una situación como esa permitirá que la política renazca y con ella un país escéptico pero vibrante, que aún no encuentra su camino. Y en ese renacer, alcaldes comprometidos con los ciudadanos y no con los políticos, serán un elemento central.
 

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