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El almita frentenacionalista sigue viva

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Juan Manuel Ospina
29 de octubre de 2015 - 02:00 a. m.
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Los colombianos reafirmaron en las elecciones regionales el hecho de que, gústenos o no, en “el hondón del alma” somos frentenacionalistas: enemigos o temerosos de las confrontaciones, de las posiciones ideologizantes y de propuestas totalitarias y radicales, que reclamen un compromiso que trascienda el círculo inmediato de mis intereses.

Por eso fueron rechazadas las posiciones de Gustavo Petro y Álvaro Uribe; por eso la polarización no se dio en Bogotá y Rafael Pardo se quedó con la bandera de una tercería que no encontró asidero en la realidad. Mientras que Peñalosa expresó la necesidad de cambio que se respira en el ambiente, centrándose más en las tareas futuras, que en atizar disputas por el presente y el pasado reciente, que el elector simplemente quería superar. Interesaban los temas propiamente de ciudad, concretos y cuotidianos, y no los que en la política nacional han generado las polémicas y polarizaciones – proceso de paz, aborto… -, como pretendió Francisco Santos. En Medellín, Cali, Bucaramanga… con sus características propias se expresó un espíritu semejante, al igual que en algunas otras capitales intermedias como Pasto, Puerto Assis y Santa Marta; Barranquilla es un caso especial. Se expresó especialmente en las alcaldías “más urbanas”, menos en las gobernaciones.

Fueron unas elecciones que pueden aportar claves sobre el futuro de la política y sus cambios en un país con aroma de postconflicto, cuando el mayor desafío será de naturaleza política. El domingo, los partidos, sin excepción, fueron atropellados por el afán de sumar votos sin pensar en los costos que ello les acarrearía, en términos de coherencia programática y de legitimidad como representantes de un querer ciudadano que con su voto les encarga su representación política. Se trataba de ganar y punto, objetivo que aunque puede ser deseable para los candidatos nada le dice al ciudadano que hoy vive la política como algo ajeno, no porque no le interese sino porque no ve sus aspiraciones e inquietudes expresadas en los programas y propuestas partidistas. Realidad vieja, refrendada en la campaña, donde la confusión o ausencia programática de los partidos no dejó duda alguna.

De inmediato se escuchó que el problema se resuelve prohibiendo las alianzas y las candidaturas pluripartidistas, como si fueran las responsables del mal uso que de ellas han hecho los políticos. Por el contrario, son necesarias en un momento de implosión de los partidos - por sustracción de materia programática y propositiva, reducidos a “cascarones atrapavotos”, simples dispensadores de avales -; en la inevitable tarea de reinventar los partidos, esas alianzas pueden operar como agentes catalizadores de cambios programáticos que propiciarían el acrecentamiento de los votos. Personalmente considero que este desgaste de la política es el mayor escollo que enfrenta la tarea de enterrar la guerra y abrirle posibilidades de transformación a una sociedad conflictiva, diversa e inequitativa, que no discute políticamente sus diferencias sino que las resuelve, mejor sería decir anula, a bala.

Si se mira con más detenimiento lo sucedido en ciudades como las mencionadas, puede vislumbrarse una interesante señal de cambio en el quehacer político. Allí el factor innovador, con potencial transformador, fueron candidatos sin perfil de político profesional, con propuestas frescas, sin ataduras, que interpreten el malestar actual y propongan un camino de transformación de esa realidad. Lanzado el candidato al ruedo y acogido por la opinión éste puede, con libertad, acoger el apoyo de sectores políticos para construir una alianza programática y electoral centrada en su persona, que no es títere ni invención de sus apoyadores políticos. El actor determinante, el originador del cambio, su desencadenante, es entonces el candidato; las organizaciones políticas apoyan y complementan al hecho político preexistente, un apoyo necesario para lograr el éxito electoral. Por eso tienen razón quienes dicen que para hacer política se necesita una bicicleta con sus dos ruedas: la O de organización y la O de opinión. En conclusión, hay salidas a la actual crisis de la política; no son fáciles ni milagrosas, pero posibles.

 

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