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Álvaro Uribe con un empecinamiento, que raya con la obsesión, de insistir en su derrota militar a las FARC y que por consiguiente estas se deben someter a las condiciones propias de una rendición impuesta por el Estado como fuerza vencedora, está sin quererlo, prestándole el mayor de los servicios a la democracia colombiana.
Logró que la opinión generalmente amorfa, se transformara en ciudadanía activa y saliera de su letargo, empezara a organizarse, a actuar, a hacerse sentir, a reclamar su puesto como eje de la sociedad y de la política. Mientras esto sucede, los partidos sin excepción aparecen borrados o al menos superados por las nuevas dinámicas.
Desde la dictadura de Rojas Pinilla y la creación del Frente Nacional no se oía pública y claramente la voz del capital, del poder económico, la de 380 empresarios que se comprometen a facilitar, promover y concretar los acuerdos necesarios para lograr “un gran pacto nacional que conduzca a la unidad de la Nación”. Pongo de primero este hecho porque es toda una novedad social y política, inimaginable hace solo diez días. Y están las enormes movilizaciones promovidas por los estudiantes a lo largo y ancho del país. Y la voz de los militares encarcelados para decir que no les interesan las propuestas de un Uribe que se presenta como su celoso guardián, pero sí las contenidas en los Acuerdos de La Habana; días antes los jefes paramilitares se habían manifestado en el mismo sentido. Mientras escribo, llega a Bogotá una gran marcha de los pueblos indígenas en apoyo de los Acuerdos.
Todos son actos ciudadanos que tienen en común unir a quienes votaron a favor y en contra del plebiscito, en torno a un propósito grande, nacional, cargado de ética y de valores de vida; colombianos que por encima de las naturales diferencias comparten el afán de voltear la página y dirigirse hacia nuevos horizontes, difíciles pero promisorios. Atrás quieren dejar a las FARC guerrilleras y con ellas a Uribe y su discurso de guerra y venganza, en el cual la simple idea de una reconciliación no aparece ni buscándola con lupa.
Uribe sin querer – y habría que agradecérselo – logró paradójicamente, lo que el Presidente Santos no quiso hacer para iniciar el camino hacia la paz: convocar al país con un espíritu abierto al futuro, sin las amarguras que deja una historia reciente de injusticia y violencia. Era de lógica política democrática que el punto de arranque del camino hacia la paz tenía que haber sido una amplia convocatoria ciudadana discutida y compartida, como condición necesaria para que la propuesta de paz fuera apropiada por el conjunto de la sociedad, para que fuera una paz nacional. Santos no lo hizo y ese es el pecado original del proceso, que dejó el espacio libre para que se generaran dudas y creciera la incertidumbre entre muchos compatriotas que no son de “extrema derecha”, que simplemente no la tenían clara, pues el peso de la realidad vivida les hace difícil levantar la mirada y dejar atrás tanto odio y dolor, tanta desconfianza y temor, acumulados durante años de desesperanza y sin razón.
Uribe involuntariamente terminó enmendando la falla original y terminó uniendo al llevar a que se uniera aquello que se presentaba como dividido. Pero el no representa a todos los colombianos que votaron el no; muchos, muchísimos de ellos, no son uribistas y no lo consideran su vocero. Por eso hay que escuchar a Jaime Castro, a José Gregorio Hernández y a otros voceros del no que no son uribistas; a Francisco Santos que tiene una posición abierta y receptiva.
Para que esta nueva realidad política se diera, fue necesario el empate del 2 de Octubre; que ninguno sector se impusiera ampliamente sobre el otro. Ganó Colombia, ganó la posibilidad de la paz, ganó una unidad básica entre los colombianos, sin la cual es imposible una vida en sociedad fundamentada en unos mínimos de convivencia y de respeto al otro. Fue un empate salvador.
