No quiero ni pensar que las personas que en calles y parques botan basuras al suelo, rayan paredes con estupideces – y no hablo de los grafitis que tienen su estética -, le quiebran las ramas a los árboles, pisotean el césped, ponen música al máximo volumen…, hacen lo mismo en sus casas.
Obviamente no, pues tendrían que ser personas desordenadas, para preferir vivir en un verdadero chiquero, la realidad de nuestros espacios públicos, y no en un espacio decente, por humilde que sea. Esas personas, pienso que inconscientemente, son irrespetuosas de los derechos de los demás, tienen un comportamiento en la calle o en el espacio público, que jamás tendrían en su casa: Tiran colchones, cajas y hasta muebles inservibles, a las quebradas o al solar vacío; y al piso va a parar el paquete de papas fritas o el envase de la bebida. Son sin duda alguna, personas insolidarias e inconscientes, que no comprenden que los espacios públicos le dan a la ciudad, a sus barrios, su amabilidad y su personalidad, su fisonomía; lo que en buena medida permite que se les considere “un buen vividero”.
No faltará quien diga que muchos de los que así se comportan lo hacen por agresividad con una sociedad a la que consideran responsable de sus tragedias personales y familiares, de su pobreza y desempleo, de sus frustraciones y amarguras; que al no tener en quien descargarla, lo hacen en la ciudad, en sus espacios públicos. Esa es una afirmación falsa y complaciente, “populista”, que pretende excusar lo inexcusable. No entienden, o no aceptan, que ese espacio público, al igual que los espacios privados - del hogar familiar, de los sitios de trabajo y de recreación -, tienen dueño, es decir, que no es un baldío desamparado; que es de todos los que viven en la ciudad, en el barrio, y que está al servicio y para beneficio de todos, no del que llegue a hacer en él y con él lo que le venga en gana.
Pero bueno, no se le puede pedir a todo el mundo que en su comportamiento sea responsable, por convicción y educación; la cultura ciudadana no se asume espontáneamente. Para eso existen las normas y la autoridad, para garantizar que el comportamiento individual, independientemente de su motivación, se ciña a unas reglas mínimas de convivencia, muchas relacionadas con el comportamiento ciudadano en el espacio público. La convivencia ciudadana, y con mayor razón si es en una ciudad grande como Bogotá – con relaciones personales anónimas y responsabilidades disueltas en el anonimato - requiere la acción de la autoridad para que en la ciudad se viva dignamente, en el respeto al derecho ajeno; en caso contrario acabaría imponiéndose la ley de la selva con el egoísmo como único “valor”, y el egoísmo como única ley válida el egoísmo, la atarbanería personal; el espacio público desaparece, convertido en un pandemónium degradado y degradante.
Por todo lo dicho, es populista y complaciente afirmar que la búsqueda de un comportamiento ciudadano ordenado según unas sencillas normas de convivencia, acordadas en un código de policía, que es el compendio de esas normas, es un resabio burgués que va contra la libertad individual; no faltará quien afirme que esa búsqueda atenta contra el libre desarrollo de la personalidad.
Recuperar la dignidad del espacio público y su naturaleza de bien común, público, es una tarea urgente, preocupación central del Alcalde como jefe de policía de la ciudad y por consiguiente, guardián de la convivencia ciudadana. Pero no estamos frente a un tema de Código de Policía, de educación y conciencia ciudadana. El anterior ha sido un punto, un propósito de política, de corte mockusiano, que debe regresar, cuanto antes a la agenda de la ciudad.