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El futuro político de las Farc

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Juan Manuel Ospina
05 de diciembre de 2013 - 02:40 p. m.
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Las Farc tendrían cerrado el camino para participar directamente en la política. Así parece desprenderse de la encuesta del Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes, conocida esta semana.

 El rechazo que han sembrado en la opinión pública pareciera ser insuperable.

Los colombianos, más del 60% de los encuestados, están literalmente “mamados de la guerra” y quieren que esta termine por medio de una negociación política. Vieja aspiración ciudadana que se mantiene desde hace 30 años. La novedad o la confirmación de algo que se avizoraba, es que si bien quieren la paz, aunque cerca del 75% sea escéptico sobre el éxito de las actuales negociaciones para lograr el propósito, claramente no están dispuestos a darles gabelas, ni políticas, ni económicas ni jurídicas a unas FARC desmovilizadas ni a sus militantes en proceso de reinserción.

Los mismos que quieren las negociaciones le dicen no a la posibilidad de un partido de las FARC, en una proporción semejante en las zonas de conflicto y en el resto del país. Más o menos la mitad no aceptaría un alcalde reinsertado y cerca del 80%, 4 de cada 5 entrevistados, no votaría por un candidato de las FARC para alcaldía, congreso o presidencia y esto sin diferencias entre los habitantes del resto del país y los de las zonas de conflicto, donde se presume que estarían sus electores ¿Estamos frente a una guerrilla sin base electoral? Además, la voluntad de reconciliación no aparece claramente expresada en la actitud ciudadana. Hay opiniones dividas y es significativa la proporción de indiferentes o indecisos al preguntarles si aprobarían la contratación de desmovilizados o tenerlos de vecinos o que sean amigos de sus hijos; en las zonas de conflicto el ambiente para la reconciliación y la no satanización de esas personas es más favorable, tal vez porque entre los desmovilizados hay vecinos o amigos o parientes.

Es claro que así como no hay la disposición para acoger y darles espacios políticos y económicos – ni plata ni tierras - a los desmovilizados, existe la clara voluntad de hacerlo con las víctimas de las FARC, en términos de repararlas y lograr la reconciliación. Con las FARC y con la guerra, los encuestados quieren cerrar el capítulo y sumergirlos en el olvido. Más de la mitad está en desacuerdo con que se establezca la verdad sobre los crímenes cometidos por las FARC. Tampoco consideran que recordar públicamente los crímenes cometidos por ellas ayude a la reconciliación. No hay la disposición, por parte del 75% de los encuestados, de perdonar a los miembros de la guerrilla que confiesen sus crímenes, ni aún a los guerrilleros rasos. Las opiniones sin embargo se dividen frente a la posibilidad de que el castigo penal permita lograr la reconciliación.

Además de su disposición para reconocer los derechos de las víctimas, los encuestados están de acuerdo con reformas que hasta ahora contaban con poco apoyo ciudadano. Son reformas que quieren realizar “a la colombiana”, sin ayuda internacional, un arranque “nacionalista” que no es frecuente entre nosotros. Están igualmente de manera clarísima (el 67%) en contra de extranjeros comprando tierras, a la par que apoyan fuertemente (un 70%) la expropiación de fincas improductivas para entregar las tierras a pequeños productores. Consideran la sustitución de cultivos ilícitos como la mejor manera para acabar con el narcotráfico. No quieren ver a unas FARC desmovilizadas haciendo presencia en el país del postconflicto aunque comparten lo fundamental de sus propuestas agrarias. Parecen realistas con los TLCs, pues ni los endiosan ni los condenan. Es como si al respecto dijeran, con prudencia; depende, depende...

Los colombianos le dicen a la guerrilla: firmen la paz, acabemos esta guerra y ustedes en tanto que guerrilla y desmovilizados, salen de la escena. Nosotros tenemos la voluntad de reconocer a las víctimas y de hacer las reformas, especialmente rurales, que el país reclama, reformas con las cuales muy posiblemente estarán de acuerdo, pero el protagonismo será ciudadano y no guerrillero. La guerrilla necesita entender el mensaje de no complacencia ciudadana con ellos y el deseo de adelantar un proceso de cambio, que “se respira en el aire”. Una guerrilla enfrentada a enterrar su pasado y a reinventarse como actor democrático actuando sus reinsertados desde fuerzas políticas no farianas en un proyecto reformista, no revolucionario. El tiempo de la revolución pasó.

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