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El general Powell nos resultó comunista.

Juan Manuel Ospina

10 de diciembre de 2014 - 11:29 p. m.

El general Collin Powell comandante de las fuerzas norteamericanas en la guerra de Bush padre contra Irak y secretario de Estado de Bush hijo, resultó comunista según dos distinguidas y desinformadas senadoras del Uribismo: Susana Correa y Tania Vega.

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Tuve que releer la noticia de El Espectador. No podía creerla y  no supe si reír o llorar ante  semejante despropósito. Una medida de la precariedad del debate político  colombiano que bordea ya la franja lunática.

Las escandalizó la claridad de Powell cuando afirmó que además de firmeza militar se requiere  de unidad para enfrentar la negociación. Reconoce que lo primero se  logró;  lo segundo aún  no está claro y se requieren  esfuerzos y compromisos. El uribismo, como en los más álgidos momentos de la Guerra Fría está en el plan de ver hasta en la sopa, a comunistas  dispuestos a enviarnos al paredón. Castro-chavistas los llaman. Esa posición expresa claramente que  se quedaron  políticamente congelados en  el escenario de hace medio siglo; para ellos la “Cortina de hierro” sigue en pie. Hacen aparecer a las FARC  más actualizadas, más sintonizadas con el mundo actual.

¿Será que detrás de estas posiciones intransigentes, que a ratos parecen ser más antisantistas que antifarianas,  se esconde un  frío cálculo electoral para  las elecciones del año entrante, que podrían ser las primeras después de la refrendación de los acuerdos, o bien para encabezar el voto negativo en el referendo,  que hoy rechaza la  opinión de manera mayoritaria?   Indudablemente, el Talón de Aquiles del proceso paz es no haber encontrado el punto medio entre la necesaria discreción que exige  la negociación y la información que puede suministrarse a la ciudadanía, ni haber creado los vínculos con la sociedad que se requieren para solidificar los compromisos.

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Hoy a nadie sirve  demorar  la negociación, como  sucedió  en procesos anteriores, cuando  favoreció a  la guerrilla. No se trata de precipitar un proceso que es delicado y complejo, sobre todo cuando se adelanta en medio de la desconfianza generalizada entre el estado y  la guerrilla, y de la opinión respecto a ambas partes negociadoras. Pero tampoco debe  eternizarse. Urge que se den  señales de avance,  que muestren la voluntad de las partes – como sucede con el aroma que sale de la olla donde se está cocinando el sancocho y que mantiene vivo el interés y la esperanza de los hambreados comensales -.

Por eso el “desescalamiento del conflicto” es una buena noticia. Permite que la negociación avance sin caer en ceses al fuego prematuros que pueden hacer abortar el proceso, a la par que envía  el mensaje de que las partes reafirman  su disposición de acordar con  la contraparte, no de derrotarla. Se trataría de  un proceso progresivo que debe y puede  avanzar  paso a paso en  territorios o grupos poblacionales específicos que van saliendo  de la guerra,  en la línea de lo planteado en la pasada campaña por Marta Lucía Ramírez:   sacar a niños y civiles del conflicto, desterrar las minas antipersonas; el gobierno por su parte, podría revisar y atender los casos de miembros de la guerrilla condenados y que puedan ser liberados por razones de salud.

Son decisiones cargadas de significado humano, que expresarían  la voluntad de las partes de abandonar progresivamente la lógica infernal de la guerra en la que llevamos ya tantos años sumidos. Decisiones que no podrían ser entendidas como debilidad sino como la voluntad de los enfrentados de expresarle  al ciudadano con hechos, que el fin de la tragedia está cerca. Decisiones que entiende el general Powell aunque las senadoras uribistas colapsen.   

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