En el ambiente se respira un aire de que ya no hay autoridad o institución que valga, que lo que uno no haga por su cuenta, nadie se lo hará; soy mi dios, mi razón de ser y mi norma.
De pronto suena bien – libertario, bacán, moderno… -, pero los resultados son deplorables, tanto en lo social como en lo personal. Y este individualismo tiene sus correspondientes expresiones en la vida pública y política.
Es el caso de dos iniciativas que aunque bien distintas comparten estos elementos que giran alrededor de una hiperautonomía. Se da en el campo con el ejemplo de las zonas de reserva campesina que buscan ser tratadas como entidades territoriales autónomas, a semejanza de los resguardos indígenas y en la ciudad, en la lucha de las veinte localidades de Bogotá, que buscan incluso llegar al punto en que los alcaldes locales puedan ser elegidos por voto popular. En ambos casos se trata de exaltar lo cercano e inmediato para zafarse de instancias superiores con un falso ideal de autonomía. Sueño que pudo funcionar bien en la Edad Media feudal, pero que hoy suena a romanticismo localista, aquello de que “lo pequeño es bello”; y lo demás… que se lo lleve el diablo.
En esos sueños se expresa generalmente la frustración de una izquierda que al no poder acceder al poder nacional, busca construir su utopía de comunidades rurales, alejadas del mundo y sin responderle a nadie. Esos sueños de autonomía total, por no decir autarquía, ignoran cómo es el mundo de hoy con sus pros y contras, simplemente abjuran de él para vivir un sueño con tintes feudales pero, eso sí, sin señor feudal.
Los “federalistas urbanos” de Bogotá están buscando salvarse del centralismo de la ciudad y de la influencia de los concejales, para poder disponer del presupuesto de las localidades que si hoy es grande lo sería mucho más con alcaldes locales elegidos y no nombrados. Alcaldes locales nombrados que, se supone, mejorarían enormemente las pobres condiciones de las distintas localidades, que es como decir, de los bogotanos todos.
En uno y otro caso lo que se necesita es fortalecer las instancias del gobierno local, juntas de acción comunal y alcaldías principalmente, para que las comunidades tengan una voz que es escuchada y un poder para decidir sobre los que les es propio, sin despegarse de la armazón nacional y regional. Solos es poco lo que lograrán, y debe cambiarse lo actual, donde son convidados de piedra sin nada para decir, para comprometerse, para meterle el hombro a la tarea de sacar adelante proyectos y ejecutar recursos decididos colectivamente, que consideran como propios y cuidan como tales, pero sin renegar de las posibilidades que ofrecen los escenarios mayores, siempre y cuando se tenga la posibilidad en ellos de ser escuchados y acatados.
En las localidades bogotanas, la elección de sus alcaldes no mejoraría nada; lo que necesitan no es mayor autonomía sino más y mejor coordinación con las instancias distritales, condición necesaria para lograr una acción coherente , sostenible y efectiva entre lo central y lo local, con responsabilidades claramente definidas y diferenciadas y donde el querer de los ciudadanos, desde sus barrios, el verdadero entorno ciudadano, pues las localidades son frías y lejanas instancias administrativas, que no generan enraizamiento y compromiso, como si lo hace el barrio.
En ambos casos se trata de garantizar una acción coherente y responsable de lo local con lo regional y lo nacional, que no se logrará ampliando la autonomía. Ni más centralismo, ni más autonomía; más claridad en las responsabilidades recíprocas y sobre esa base y con la presencia, vigilancia y compromiso de la comunidad se lograrán los propósitos, en el campo y en la ciudad.