26 Nov 2020 - 3:00 a. m.

El mundo, en una encrucijada dramática

“No podemos tener un desarrollo económico global ilimitado en un planeta con recursos naturales finitos y una población en constante crecimiento”, afirma Jane Goodall, naturalista con reconocimiento mundial. Una afirmación que compendia las causas del mayor desafío que enfrenta la vida humana en el planeta, como lo acaba de sufrir Providencia.

Goodall de entrada plantea que la crisis climática en marcha no tiene una sola causa (la emisión de carbono a la atmósfera o la destrucción de las selvas o…). Es el resultado de un conjunto de procesos interactuantes, cuyo abordaje será tan complejo como resolver la célebre “cuadratura del círculo”.

Tres son las fuerzas que se chocan y se retroalimentan en el escenario colombiano y en el mundial:

La primera, un crecimiento económico ilimitado que avanza sin control ni regulación, arrasando a su paso lo que se le atraviese, sin otro objetivo que el mayor beneficio inmediato posible para un sector cada vez más pequeño, poderoso y rico; es el capitalismo salvaje presente en Occidente con ropajes democráticos y liberales, o estatista y autoritario como en el Oriente poscomunista. Ambos privilegian por encima de todo el desarrollo económico para favorecer los unos a las plutocracias dominantes y los otros, al Estado y sus burocracias controladoras. Sin duda, la pobreza ha retrocedido, pero también la viabilidad de la permanencia de la vida, pues han sido igualmente destructores de la naturaleza, extractores inmisericordes de sus riquezas y violadores de sus leyes y equilibrios.

La segunda fuerza en colisión es la violación continuada de la naturaleza, presente a lo largo de la evolución humana, pero que con la revolución tecnológica y demográfica iniciada en los albores del siglo XIX, con la primera revolución industrial, fue adquiriendo una dinámica y una magnitud crecientemente destructoras, en un planeta con recursos naturales finitos para sostener y sobrevivir a presiones y exigencias que se aumentaban en proporciones geométricas. El proceso humano alimentado por la naturaleza la saqueó con la falsa ilusión de que su riqueza era ilimitada, facilitada por una transformación tecnológica desbocada, liberada de cualquier consideración distinta al beneficio económico inmediato, desdeñosa o ignorante de sus impactos en áreas fundamentales de la vida social y natural.

Avances tecnológicos que, más que ayudar a aligerar la carga del desarrollo colocada sobre los hombros de la naturaleza, han contribuido a refinar su explotación, a hacerla más técnica y “eficiente”. Los resultados están a la vista: una naturaleza arrasada por el desorden humano y a la ofensiva contra su depredador, que desconoció las leyes inmutables que rigen el orden natural. El resultado, el desorden climático y pandemias como la actual, reacciones de una naturaleza que protesta y reclama sus derechos.

La tercera fuerza en combate es “una población en permanente aumento” (¡seremos 9.700 millones en el 2050!) que ha copado el planeta, “robándole espacios vitales” a una naturaleza saqueada, ensuciándola y envenenándola con basuras y desperdicios, demandándole sus recursos renovables y no renovables en una magnitud y con una dinámica que superan su capacidad de reponerlos, haciendo más eminente su agotamiento.

Ese cuadro exige pensar de manera ordenada una nueva economía más sintonizada con las posibilidades reales de la naturaleza (más “verde”) y modesta/realista en sus propósitos de ser más, no de tener más, acorde con las necesidades de las personas (más social y humana). Una tecnología enmarcada en una política, una ética si se quiere, para ponerla al servicio del bien común y no simplemente de unos intereses privados limitados en términos sociales y cortoplacistas, los de los grandes conglomerados económicos cuyos desarrollos financian y dirigen/aprovechan.

En fin, una política demográfica que entienda que ser provida no significa apoyar el crecimiento generalizado de la población, porque se trata de defender no vidas individuales sino la Vida con mayúscula. La pandemia actual es un campanazo mayor de advertencia de la realidad de la vida amenazada, la humana y la natural, como la conocemos.

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