Desde El Vaticano, el del Papa Francisco, no el de la corrupta y anquilosada burocracia clerical, empiezan a soplar vientos frescos con fuerte fragancias de sencillez, de verdad, de concordancia entre lo que se predica y lo que se vive.
Se escucha un lenguaje claro y pragmático, alejado de complejas disquisiciones teológicas o disputas ideológicas, que con humildad y severidad denuncia las hipocresías, corruptelas, injusticias e insolidaridades que caracterizan a un mundo y una Iglesia que ha sucumbido ante la tiranía del dinero y la globalización de la indiferencia, como de manera descarnada lo ha denunciado el Papa “que vino del fin del mundo” como él mismo se definió.
En medio de esta crisis de visión de futuro y de sentido de vida, de inhumanidad, de inmediatismo consumista en que se debate nuestro mundo postmoderno, donde reina el egoísmo y el interés individual y solo importa el pequeño mundo personal, el placer del instante, el Papa Francisco le ha llegado en pocos meses con sus palabra y comportamiento a una juventud indignada con el presente, desconfiada como nunca de los mayores, de los dirigentes, con los políticos a la cabeza a quienes sin excepción califican de corruptos, egoístas, insensibles e incompetentes.
El Papa cree sinceramente en los jóvenes, en su capacidad para sorprender y ser sorprendidos. Predica “de palabra y obra” y a los cuatro vientos que debe abrírseles espacio para que puedan crecer y hacerlo libres y responsablemente; crecimiento en humanidad – el ser más sobre el tener más -, dejando de lado el egoísmo y el reducir la vida a la satisfacción de los pequeños placeres individuales, para volcarse a la acción y el compromiso con los demás.
Los jóvenes, según sus propios testimonios, perciben que la persona y la acción papal resuma sinceridad, que no es una fachada más; que no está representando un papel, que es consecuente en su vida con lo que predica; que mira de frente, sin esguinces ni disimulos; un hombre profundamente humilde, sencillo en su vida y en su comportamiento – ni vivienda, ni vestuario ni carro ni comida lujosa –, que no flota por encima de la gente sino que camina entre ellos saludando, abrazando, cargando cariñosamente a los niños, levantando el dedo pulgar, con sus aficiones humanas de conversar con sus amigos y sufrir por su equipo de fútbol, mientras que ceba un mate; simpático sin empalago y sin la falsa cercanía de los políticos caza votos; en fin, un Papa alegre, sinceramente alegre.
Viene del fin del mundo, lejos de las intrigas y luchas palaciegas que carcomen a un Vaticano que perdió toda capacidad para liderar una transformación ética, de valores de vida y de compromiso que reclama con angustia el mundo de hoy, un liderazgo ético y humanista que le permita reencontrarse y ordenarse en sus objetivos y procedimientos a partir del reconocimiento de los valores de la Vida en general, del reconocimiento de la dignidad y los derechos de todos los seres humanos. Un mundo donde la satisfacción personal sin límite e inmediata desterró todo sentido de solidaridad, de proyecto compartido; un mundo donde la decencia y la dignidad son atropelladas por el “no me importa”. Como dice el teólogo del Tercer Mundo, Leonardo Boff, Francisco bebió de las fuentes de la Teología de la Liberación y su intento latinoamericano de “escuchar el grito del oprimido”.
El Papa con su ejemplo de vida y principios sencillos pero profundos sobre lo esencial de la vida que contrasta con “la fascinación de lo previsorio” que hoy impera alimentada por el consumismo y ese “afán del poseer sobre el ser”, que ahonda un vacío existencial donde perece toda alegría, toda esperanza. Francisco reclama con sencillez y contundencia recuperar el sentido de lo que permanece, las esencias del existir verdadero, no los accidentes episódicos de lo que se compra y se consume. Es un discurso de un viejo joven con liderazgo ético dirigido del fondo del alma a jóvenes rebeldes hambrientos de una verdadera realización personal y social.