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El secreto de Donald Trump

Juan Manuel Ospina

02 de marzo de 2016 - 09:00 p. m.

La fanfarronería de matón de barrio de Donald Trump y el apoyo que ha ido logrando, expresa el temor que se ha apoderado de crecientes sectores de la clase media y trabajadora norteamericana, que añoran los tiempos en que sus condiciones de vida y su futuro estaban asegurados y cuando la voluntad norteamericana era ley mundial, por todos temida.

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Hoy en el pais del norte reina la incertidumbre, salvo entre el 1% inmensamente rico de los innovadores y de una élite conformada por los directivos y cuadros del mundo financiero y de las empresas económicamente dominantes de las telecomunicaciones, del espectáculo y de la alta tecnología. Son éstas las generadoras de utilidades astronómicas y verdugos del empleo de quienes no hacen parte de esa élite, una élite más cercana a Clinton que a Trump.

El suyo es un populismo nacionalista alimentado por un orgullo patrio herido que presenta al norteamericano del común, como el buen ciudadano amenazado por unos monstruos extranjeros que le roban el empleo y la seguridad. Ven en Trump el verdugo que les dará a esos malos el castigo que se merecen, empezando con la construcción de un muro cargado de simbolismo, para aislarlos y protegerlos del pérfido mejicano y en general del latino, colombianos incluidos, que no solo los despojan de sus empleos sino que los envenenan con las drogas y aumentan la inseguridad urbana. Trump promete hacer regresar a los capitalistas norteamericanos que con sus inversiones migraron a economías, por costos más favorables para producir –China y México en especial –, sumiendo al trabajador norteamericano en el desempleo, la desesperanza y el odio al extranjero despojador; tiene en la mira a los TLC que favorecen a los empresarios que invierten en esos países para luego exportar su producción de menor costo a USA, castigando aún más el ya débil empleo local. Trump ha dicho basta: haría regresar el capital nacional al país y cerraría el comercio para que los norteamericanos vuelvan a comprar solo productos “Made in USA” con mano de obra local. Cualquier parecido con muchos discursos proteccionistas de izquierda que se escuchan en el Sur pobre, no es una mera coincidencia.

Piénsese lo que se quiera, pero Trump está tocando fibras sensibles para el elector norteamericano medio y popular, sobre temas críticos en lo personal. Igual hace con la sensación de inseguridad e indefensión ciudadana, producto de una alta criminalidad urbana y de la difusa e inasible amenaza terrorista internacional. El Estado norteamericano ya no cuenta con el poder intimidatorio que hace años producía tranquilidad al ciudadano norteamericano y temor a sus enemigos. Trump propone recuperar la perdida grandeza y poderío norteamericano, exacerbando el espíritu chauvinista, consustancial con un nacionalismo defensivo.

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Para Trump, Colombia se reduce a reinas de belleza que compiten en su concurso de miss Universo; lo más probable es que nos incluya en su visión caricaturizada de los latinos: tramposos, ilegales y narcotraficantes. Sería indiferente con nuestra negociación, dejándola a su suerte. Ello puede ser importante para que no olvidemos que la paz solo la haremos nosotros, con nuestra inteligencia y apertura de mente – y ojalá de corazón –; somos nosotros los que tenemos que perdonar, que no es ni negar ni olvidar; solo de nuestros bolsillos saldrán los billones que se requiere invertir; la cooperación internacional y gobiernos amigos financiarán proyectos importantes pero pequeños. El gobierno en este punto es ingenuo, pues nadie va a sustituir a los colombianos en la financiación de su paz. Lo de Trump, de darse, implicaría un momento de verdad para la tarea de construcción en el país de las condiciones de convivencia, las verdaderas garantes de una paz duradera.

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