Mientras en París se iniciaba la maratón de discursos ambientalistas de los mandamases del mundo, ante una humanidad entre escéptica e indiferente, los noticieros mostraban a Pekín sometida a la peor condición registrada hasta ahora de su aire, por efecto de la contaminación de tanto carro quemando gasolina y de tanta fábrica o termogeneradora consumiendo carbón.
La vida me volvió al cuerpo por la imagen inapelable de lo segundo, no por el formalismo teñido de profunda hipocresía y frio cálculo de los discursos oficiales.
Solo el miedo a una catástrofe que pone en riesgo la vida misma, como la que se expresaba en el aire de Pekín, producirá las decisiones que de tiempo atrás se conocen pero que no se aplican porque prima, siempre ha primado en el comportamiento humano, la visión inmediatista, el interés personal y de corto vuelo, la imposibilidad de pensar en grande y la desconfianza visceral en el otro, sea estado o empresa, del que solo se sabe que obra con el mismo pequeño cálculo que uno.
La Ética distingue dos motivaciones para el arrepentimiento o el cambio en el comportamiento de la persona; la una es la contrición que parte del reconocimiento del mal hecho y del propósito de cambiar el comportamiento causante del mal en cuestión. La otra es la atrición, en donde por miedo – a las consecuencias del comportamiento cuestionado o temor a la sanción – se cambia el comportamiento, pero sin convicción, por simple temor. Ambos sirven porque desembocan en las decisiones que la realidad reclama. La contrición implica una dimensión ética que enaltece al que la toma y garantiza que el cambio sea definitivo, no circunstancial, sujeto a la condición de “no repetición”. Es lo que claman las voces inspiradas en principios éticos, con el Papa Francisco a la cabeza, que reclaman una conversión ecológica global, una auténtica ecología humana. De los dirigentes políticos solo se puede esperar que decidan más por temor que por convicción. Por ello, es la situación del aire de Pekín y no los discursos en París lo que nos “devuelve el alma al cuerpo”.
Hace casi medio siglo, Pablo VI en la FAO alertó que progresos científicos, proezas técnicas y crecimientos económicos prodigiosos pero sin “un auténtico progreso social y moral se vuelven en definitiva contra el hombre”. Esa situación es la que ha dominado, sin excepción política alguna, el devenir humano en tiempos de la racionalidad de la modernidad, contemporánea de la Revolución Industrial y de la sacada de la Economía de la órbita de la Ética y de la Política para encerrarla en un mundo de cálculos matemáticos que solo buscan maximizar la competitividad y los beneficios privados, sin consideración de los fines de la acción. Estamos pagando las consecuencias de la falta de perspectiva y sentido del proyecto de la Modernidad.
La tecnología, motor de la Revolución Industrial, capturada por los intereses particulares nos llevó al callejón donde hoy nos debatimos, pero será la única que puede sacarnos de allí. A diferencia de lo ocurrido desde hace doscientos años, debe ser una nueva revolución tecnológica y del conocimiento inscrita en un contexto social, cultural/ético y político que explicite sus límites y sus posibilidades y que parta de reconocer que el equilibrio fundamental para la vida en general y la civilización en particular, entre la población humana y los recursos finitos de la naturaleza está roto y debe ser restaurado como condición de simple sobrevivencia. En la necesidad y frente a las amenazas surge el instinto de conservación de la especie y se dispara la iniciativa y la creatividad que ha estado crecientemente supeditada a satisfacer intereses privados de índole primeramente económicos, lo cual le ha quitado el vuelo que hoy se necesita. Que sea esa búsqueda encuadrada en los principios de la equidad y la sostenibilidad, la que oriente las nuevas inversiones públicas y privadas que permitan salir del atolladero presente, para lo cual no bastan ni las buenas intenciones ni las lamentaciones y mutuas recriminaciones, pues en mayor o menor grado todos tenemos responsabilidad por lo actual. Habrá de fraguarse en el camino una nueva economía donde el lucro personal sea uno de los resultados y no el objetivo único. El smog de Pekín está ahí para exigirlo. En caso contrario, la humanidad se estaría suicidando como lo ha expresado el Papa Francisco. Razón tiene.