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Colombia votará SÍ en Octubre porque ha entendido que el camino de la guerra está liquidado y que con todas las reservas legítimas y comprensibles que se puedan tener respecto al proceso habanero, a las FARC y al gobierno Santos, es lo mejor con que contamos y hay que saberlo aprovechar, con realismo y la disposición de meter el hombro para que salga lo mejor posible.
Personalmente y por la naturaleza de la paz, lo hubiera preferido como el fruto y expresión de una voluntad nacional que, por encima de las inevitables y necesarias diferencias, hubiera sido la expresión de un acuerdo democrático sobre lo fundamental; no fue así pero en el camino se arreglan las cargas, como lo afirma la sabiduría arriera.
Un punto importante de la voluntad que orientó la negociación y que debe igualmente hacerlo con su implementación, es la de garantizar el “Nunca más”, la no reincidencia de la guerra. Para ello es válido recordar que hace 35 años al abordar las negociaciones de paz con las FARC, Belisario Betancur planteó la necesidad de enfrentar “las causas objetivas de la violencia”, o sea, las situaciones de atraso y de pobreza, de inequidades territoriales y sociales, de marginamiento político de sectores importantes de la sociedad, que eran y son su caldo de cultivo. Su respuesta fue el Plan Nacional de Rehabilitación estructurado y financiado por su gobierno y ejecutado por su sucesor Virgilio Barco.
La tarea por consiguiente no se limita, no puede limitarse a que las FARC dejen las armas y salgan de la selva para incorporarse de lleno en el debate y la contienda democrática. Es necesario pero no suficiente que se aclaren y se asuman las responsabilidades de unos y otros, no solo de los guerrilleros, en el desarrollo del conflicto, con las bestialidades que se cometieron, cuyos responsables serán juzgados y condenados. Para eso se acordó - el resultado más importante logrado en La Habana -, la operación de una justicia especial y transitoria, transicional en su naturaleza, centrada no en el castigo con sabor a venganza, sino en la búsqueda de verdad, sin lo cual seguirán vivas las raíces que le dieron origen al conflicto, alimentándolo durante décadas, y el proceso de su salida se estaría construyendo en la arena. Una justicia que facilita la creación de las condiciones de la no repetición.
Por el lado de las causas objetivas está la gran tarea nacional de desatar el proceso de transformación de fondo de muchos aspectos y componentes de nuestra desigual y en muchos aspectos irracional realidad. Una tarea grande por su magnitud y complejidad, de enmienda de tanto entuerto que sigue sin solución; de atención de tanto asunto importante hasta ahora relegado con ocasión o pretexto de la guerra y de la incapacidad o desinterés de una dirigencia de espaldas al país, concentrada no en entenderlo sino en atender sus intereses, o en la vana pretensión de decidir tecnocráticamente sobre el futuro de la Nación, mirando al “predio del vecino”. Es coger por los cachos el tema del desarrollo nacional no porque sea una imposición de las FARC en la mesa de negociación, sino porque con ocasión de ella se generó la coyuntura, la oportunidad política para que finalmente la tarea se emprenda con decisión. La Habana como catalizador del cambio.
Para empezar la tarea, para hacer operativos los farragosos y puntillosos acuerdos con sus 300 páginas de instrucciones – una operación compleja y de alto costo -, y para establecer las reglas del juego hacia el futuro de una sociedad que tendrá la capacidad y voluntad de manejar los naturales conflictos de la vida social de una manera civilizada/democrática, efectiva y digna, se hacen necesarios cambios de fondo, muchos de carácter constitucional.
En esta perspectiva, una Asamblea Constituyente el próximo año no es capricho o imposición de nadie - ni de Uribe ni de las FARC -. Es necesaria para retomar mucho de lo bueno de la del 91, corregir sus errores e incorporar temas que hace 25 años no fueron abordados. Será además el escenario indicado para el reencuentro de la Nación, hoy sumida en una división que nos impide mirar al conjunto, al bosque.
