Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
El Metro es la gran decisión individual que tiene por delante el Alcalde Peñalosa.
Grande por su costo y por lo que significa para la ciudad y para sus habitantes, que desde hace años lo reclaman. Petro lo presentó como una realización a la cual su gobierno le pondría la primera piedra. En el pasado debate electoral poco se habló de él a pesar de su indudable importancia; los candidatos, salvo Peñalosa, dijeron simplemente que continuarían con el proyecto tal cual lo dejaba la administración saliente. La posición era: el asunto no se discute más, pues llegó el momento de su ejecución.
Peñalosa fue claro en criticar la herencia de Petro, basado en su gran conocimiento de los temas de desarrollo urbano como asesor y consultor que ha sido en medio mundo; como pocos entiende a Bogotá desde esa perspectiva, fundamental para quien aspira a gobernarla. Atrás dejó sus anteriores críticas a la oportunidad del Metro, pues entonces consideraba que primero debía ir un sistema de buses articulados, Transmilenio, eso sí, plenamente desarrollado, cosa que no ha sucedido. Complementándolo se construiría luego el Metro. Si comprendo la lógica peñalosista, piensa adelantar tres acciones complementarias para tener un sistema de movilidad masiva que de verdad funcione: Terminar la construcción de las líneas de Transmilenio, iniciar la construcción progresiva del metro y darle un desarrollo ordenado al Sistema Integrado con su eje articulador en Transmilenio y el Metro - las arterias de un sistema articulado de transporte público masivo -, en torno del cual deben desarrollarse sus componentes complementarios: metrocables, ciclorutas, transporte al interior de los barrios ( no solo para alimentar al eje articulador); el tranvía que habrá de cubrir el centro histórico y administrativo de la ciudad y las prolongaciones férreas hacia el creciente conurbano de la Sabana (los trenes de cercanías) como continuación de las redes del metro.
Peñalosa dijo Metro sí, pero no un metro solo subterráneo basado en que en el mundo, sin excepción, los metros tienen tramos subterráneos, a nivel o elevados, de acuerdo con las condiciones – limitaciones y posibilidades – que se presentan a lo largo de las rutas proyectadas. Un metro solo subterráneo como lo planteó Samuel Moreno y lo acogió Petro no existe. Y las razones son sencillas y contundentes: Es la más costosa de las tres posibilidades –fácilmente duplica su valor -, la de más difícil y demorada construcción y, en terrenos como los de Bogotá, la que enfrentaría mayores riesgos y contratiempos, que se traducen en sobrecostos y demoras interminables, surgidos tanto de la geología sabanera (antiguo cuerpo de agua) como de los imprevistos nacidos de un subsuelo donde el desarrollo caótico de la ciudad ha enterrado todo tipo de redes.
Los críticos a repensar el asunto afirman que ya están los estudios, y que hacer otros, sería enterrar el proyecto; no emplearlos generaría un detrimento patrimonial. Al respecto, dos sencillas observaciones. La primera es que la decisión fundamental, la del metro solo subterráneo, no está sustentada en un estudio de evaluación previa de las tres alternativas constructivas; sin más se aceptó que el metro subterráneo era la solución. La segunda es que si se mantienen los recorridos de las líneas iniciales, se rescataría mucho del trabajo hecho.
Sería subterráneo en los recorridos a través de áreas de construcción densa y consolidada, como el centro de la ciudad; aéreo donde el desarrollo urbano permita la construcción en superficie o aérea, y/o en donde la geología encarezca exageradamente las necesarias excavaciones; de superficie cuando los terrenos o la infraestructura ferroviaria preexistente pueda adaptarse como línea de metro.
Peñalosa puede ser el gran transformador del urbanismo capitalino, que a todos sirve y que permitiría que Bogotá sea una ciudad más amable para vivir, ágilmente integrada y esto, aunque sus detractores pretendan negarlo, tiene un innegable trasfondo social y ciudadano.
