El papa Francisco recapitula su pensamiento, sus sueños y sus temores a la sombra de la pandemia y de sus más de 80 años que ya le pasan factura a su humanidad pero no a su pensamiento, que no se despega de su vivencia como ciudadano y sacerdote de un país “del confín del mundo” como declaraba orgullosamente desde su elección, y no ha dejado de ser un cura que no es de los corredores del poder, sino de los barrios populares del antes llamado Tercer Mundo, latinoamericano orgulloso y denunciante con aires proféticos. Su más reciente y seguramente última encíclica “Todos hermanos” es su testamento ético a un mundo que parece escapársele a una humanidad convulsionada y descontrolada, que vive tiempos apocalípticos.
Es un testamento crudo en el diagnóstico y en las denuncias, pero al mismo tiempo esperanzado porque a pesar de su desgarramiento sigue creyendo en los humanos, porque más allá de los horrores de estos tiempos borrachos de tecnología y de riqueza, de egoísmo y pequeñez humana, vislumbra las energías de la solidaridad, de la capacidad de comprensión y de hermandad que permanece en el corazón de la condición humana y que lo crítico de la situación, hará resurgir de los rescoldos del presente.
El llamado del papa es a rescatar la política del hueco donde cayó, pues la salida es de la mano de una política que en vez de someterse a los imperativos de la economía, la pone al servicio de la política y del compromiso político con una sociedad solidaria, donde la vida individual aislada se viva en el seno de una comunidad que sostiene y apoya, como caminantes que se acompañan e hijos de una misma tierra que a todos alberga y sostiene. Y lo proclama en momentos en que la historia parece dar marcha atrás, presa de conflictos anacrónicos, nacionalismos cerrados, exasperados y agresivos con, al otro extremo una economía global que ha impuesto un modelo económico y cultural único que si bien unifica globalmente, pero divide a las personas y a las naciones, como bien lo anota Francisco, vivimos en una sociedad cada vez más globalizada que "nos hace más cercanos, pero no más hermanos.
Estamos más solos que nunca en este mundo masificado que hace prevalecer los intereses individuales y debilita la dimensión comunitaria de la existencia". Y para rematar, un mundo donde imperan las ideologías que destruyen (“deconstruyen”) todo lo que sea diferente al rechazar la riqueza espiritual y humana que se fue transmitiendo a lo largo de las generaciones.
Ante esta realidad el papa propone la construcción de “un nosotros” que habite la Casa Común de la humanidad, donde no impere, como ahora, la convivencia como una obligación y se pueda apreciar y hacer realidad “la riqueza y la belleza de las semillas de la vida en común”, libre y creativa, haciendo realidad “la igualdad de derechos fundada en la común dignidad humana” gracias a un espíritu de fraternidad que nace entre personas libres dispuestas a asumir encuentros reales entre sí. Por esta vía el Pontífice propone superar la situación actual donde las personas son “forasteros existenciales” cercanos físicamente pero que como “exiliados ocultos”, están distantes en términos de su mundo de intereses, con lo cual podrían convivir en paz y armonía, sin tener que ser iguales.
El principio fundamental del ordenamiento ético – social propuesto, es el uso común de los bienes que han sido creados para todos los humanos, hecho posible por la solidaridad que es la virtud moral y la actitud social que nos hace responsables en la tarea de buscar un destino común para enfrentar la fragilidad de los demás.
En esa capacidad propia del papa Francisco de comprender y asumir la realidad en su integridad por no decir, complejidad, identifica la tensión existente entre la globalización y la localización que puede plantear alternativas extremas, “que los ciudadanos vivan en un universalismo abstracto y globalizante o que se conviertan en un museo folclórico de ermitaños localistas, condenados a repetir siempre lo mismo”.
Mirando más allá, plantea que lo global al rescatarnos de “la mezquindad casera” actúa como la causa final que nos atrae hacia la plenitud, mientras que lo local es levadura que enriquece y pone en marcha mecanismos de subsidiariedad, de fraternidad universal y de amistad social. Los pueblos se abren hacia los otros desde el amor a la tierra, al pueblo, a los propios rasgos culturales desde su territorialidad.
Son planteamientos para pensar y analizar dada su tremenda actualidad, realizados desde una posición abierta y ética, propia del humanismo cristiano que, más allá de los asuntos de fe, plantea el papa como su mensaje final a todos los hombres, no solo a los creyentes cristianos.