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Gobernar sin espejo retrovisor

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Juan Manuel Ospina
21 de enero de 2016 - 02:00 a. m.
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Al menos en Bogotá y Antioquia, dos situaciones que conozco, el cambio en los gobiernos luego de las elecciones, ha estado marcado por un tono retaliatorio de “tierra arrasada”, de barrer con todo lo que, políticas y funcionarios, oliera o recordara a los anteriores gobernantes, Gustavo Petro y Sergio Fajardo. Las decisiones de los que llegan, Peñalosa y Luís Pérez, parecen motivadas más que en la suerte de sus gobernados, en saldar viejas cuentas con sus antecesores.

Me dirán que esa actitud tiene una razón de ser porque en ambos casos las elecciones marcaron una ruptura política con lo que venía: en Antioquia un gobierno que alejó a los políticos del poder para gobernar con los amigos; en Bogotá, la salida de una tecnocracia de izquierda y su reemplazo por una de centro derecha. En ambos casos, se produjo un cambio de enfoque y de estilo, y eso está bien; la alternancia es una de las virtudes de la democracia, que evita la perpetuación del gobernante en el poder, hasta considerarlo como propio, abriéndole el camino a la arbitrariedad; su peligro, su debilidad, es que dificulta o aún impide que se le dé la necesaria continuidad a las políticas públicas, que terminan por durar lo que dura el gobierno de turno, abriéndole las puertas al mal común en los funcionarios recién llegados a los cargos, de actuar como si con ellos empezara la historia y que todo lo anterior fuera basura, corrupción, clientelismo… Hasta que, cuatro años después, su sucesor hará lo propio con su “brillante” gestión.

Esa es una de las mayores debilidades de nuestra administración pública, con programas de gobierno que se publicitan e inician pero que muy rara vez se terminan; lo que venía acaba en el tarro de la basura, aunque muchas veces se termine por reconocerles su mérito e importancia y se traten, afanosamente, de recuperar. Superar esa limitación requiere ante todo madurez en los gobernantes para no caer en el fácil expediente de atacar todo lo anterior, que aunque puede ser una buena táctica electoral, es pésima guía para gobernar. Superar esa costumbre implica que de verdad se haga un empalme entre los que se van y los que llegan, que no sea solo protocolario y de informe de los asuntos pendientes y de las cuentas por pagar; solo así el nuevo gobernante podrá presentarle a los ciudadanos, al iniciar su período, un objetivo corte de cuentas de lo que recibió, de lo que continuará y de lo que suspenderá o modificará y de las razones para ello. No es ni gobernar con espejo retrovisor - porque acaba estrellándose política y administrativamente, perjudicando a sus gobernados -, ni de recibir la administración sin inventario. Solo así se le puede dar a ésta la necesaria continuidad, que no es continuismo, para garantizar el avance de la sociedad, luego de introducir los elementos o rectificaciones en la política que desarrollará, contenidas en el proyecto de gobierno ganador en las elecciones.

El ciudadano tiene sus legítimas pasiones e identidades político – partidistas pero por encima de eso reclama un manejo ordenado, equitativo, transparente y progresista de “la cosa pública”, que tanto influye en las condiciones para una vida digna, para que se respeten sus derechos y le garanticen un futuro claro, que es finalmente su aspiración natural, cualquiera sea el régimen e ideología política imperante. Esta aspiración se da sobre todo respecto a la gestión de los alcaldes y gobernadores, que son los gobernantes más cercanos al día a día ciudadano; más que líderes o caudillos ideológicos deben ser eficientes y correctos administradores de los entornos más inmediatos y más decisivos de esa cotidianidad que conforma la vida de los ciudadanos, de sus electores. A la actividad política la legitiman no las cruzadas contra “el enemigo”, sino una gestión eficaz, justa, decente y respetuosa de los derechos y de las diferencias.

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