Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
A la Policía con el mediático General Palomino a la cabeza, se le vio confundida entre perseguir a los grafiteros criollos y proteger a Justin Bieber, el adolescente canadiense estrella del “show business”.
Confusión que refleja la ambigüedad que envuelve al arte callejero y en general, al manejo que deba dársele al espacio público de la ciudad. Mientras para algunos las paredes y paredones en las calles son un pizarrón disponible para que quién quiera haga en ellas lo que le venga en gana, para otros es un asunto que requiere definir unas reglas para garantizar que la acción individual no vaya en contra del derecho ciudadano a que se respete un espacio público que, como su nombre lo indica, es de todos. La calidad de la administración de la ciudad, como la de la casa familiar se aprecia a golpe de vista con el orden que en ella impere, al menos en los espacios comunes, indicativo del respeto de los derechos de unos y otros.
Hay quienes quisieran un espacio público aséptico, como el corredor de un hospital, iluminado y desnudo, por el cual simplemente se circula, ojalá en silencio. Sueñan con un espacio público sin sabor ni vida que hace de la ciudad un espacio vacío, sin alma. Otros lo quisieran caótico e impredecible, como la vida y la sociedad misma, donde se enfrentan los derechos de unos y otros bajo el supuesto de que por encima de todo, prima mi derecho a expresarme, a manifestar mi rabia con una sociedad de m…, que solo merece que “le encochine” sus paredes y espacios con mi rabia, mis arengas o mi afán desesperado por hacerme visible y por identificarme con quienes son mis iguales, “mis parceros”. Otros, más prosaicos, simplemente creen que ese espacio público “sin dueño”, con sus paredes e instalaciones (postes de luz y alumbrado, puentes, kioskos…) son carteleras para anunciar eventos, promociones comerciales, trabajos de mecanografía…vulgar comercio.
Como suele suceder, la verdad no está en ninguno de los extremos descritos. Ambos son contrarios a la convivencia y a una necesaria cultura ciudadana. Ni calles vacías ni invadidas por la mercancía sacada del almacén a la calle, o por las mesas del café o del restaurante, o por el carrito para vender desayunos callejeros, o por la manta de “los agáchense” del rebusque que muy frecuentemente tienen detrás, a un inversionista que hace negocio con la necesidad del otro. La ciudad no puede permitir que se invada de esa manera su espacio público. Requiere que se regule y se vigile (¿los policías bachilleres?) su ocupación y uso, como se venía haciendo en un pasado reciente, menos populista que el presente.
El grafiti, como arte callejero efímero debe tener acogida en esa regulación, entendiendo que detrás suyo hay por lo general una expresión de rebeldía e inconformidad juvenil con un orden social que excluye, que invisibiliza, que cierra espacios de expresión. Aparentemente se está frente a un planteamiento un tanto contradictorio, de conciliar la naturaleza contestaria y alternativa del grafiti, con la aplicación de unas normas mínimas para que pintar grafitis no se vuelva un derecho que pugna con los de los ciudadanos no grafiteros. Lo que sí es contradictorio y condenable es que la norma sea una para los criollos y otra la que se le aplica a la vedete internacional.
