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Guaidó, ensillando las bestias antes de traerlas

Juan Manuel Ospina

09 de mayo de 2019 - 04:42 a. m.

Este viejo y sabio dicho popular parece no ser conocido por quienes coordinan la estrategia para sacar a Maduro del Palacio de Miraflores e instalar como presidente temporal a Juan Guaidó. Están sumidos en un vendaval de discursos y anuncios sobre el eminente relevo “en los próximos días” , pero pasan las semanas y todo sigue igual salvo las crecientes dificultades para subsistir en medio de la escasez que golpea a los pobres; una población que recuerda y agradece a un Chávez que le permitió acceder como nunca antes en su historia a parte de la renta petrolera, savia de la economía y la sociedad venezolana, que se disparó con el boom de los precios internacionales del petróleo. Pero que golpea también a una clase media que conforma en buena medida la hueste opositora.

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Frente a la decisión de Trump de empujar para imponer el cambio, lo único claro es que está actuando como si no entendiera la situación, bien por desinformación o por una arbitrariedad más de Trump, movido por la idea de que a Estados Unidos nada ni nadie se le puede atravesar. Un comportamiento reiterado en sus relaciones con medio mundo –China, Rusia, Irán, la Unión Europea...–.

Venezuela es la primera pieza en América Latina que mueve –seguirían Cuba y Nicaragua– con el propósito de modificar la indudable pérdida de influencia en el continente, copada en el vecino país por China y Rusia. Ya no será una nueva Guerra Fría de corte político-ideológico como la anterior, sino una adelantada por crudas razones de tipo económico para controlar el acceso a materias primas y energéticas, controlar un mercado interno con el fin de colocar sus producciones y abrir un espacio económico para la inversión de capitales y expandir su sistema financiero y su incidencia en la financiación de la inversión pública. En el caso chino se trata además de avanzar en el posicionamiento de su moneda como moneda de reserva internacional a la par con el dólar y el euro.

El resultado cierto de la injerencia norteamericana es alimentar el sentimiento antiimperialista y antigringo, fuerte en la región por razones históricas, lo cual ha sabido aprovechar Maduro y ello tiene una innegable importancia, al menos en el corto plazo, en la tarea de sobrevivir el temporal político.

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Parecería que los opositores de Maduro no tienen claro que desde el inicio de su gobierno el coronel Chávez estableció que el centro político, el almendrón de su proyecto, no era la fuerza en las urnas, sometida a condiciones de incertidumbre por factores que escapan del control del presidente, sino la solidez y permanencia del matrimonio indisoluble entre el pueblo y la fuerza armada, a la cual Chávez le prestó especial atención política y presupuestal. Una fuerza armada politizada y controlada permanentemente para evitar “desviaciones políticas”; además, integrada de manera activa y significativa en la distribución del poder y la propiedad económica realizada por Chávez, lo cual la vuelve socia del régimen y no solo su defensora. Por ello pensar que los militares, así nomás, van a abandonar el régimen a su suerte es iluso porque los fusiles oficiales no solo están para defender el régimen; ellos son el régimen.

Muchos venezolanos, por mala que sea su situación actual, tienen claro que no se trata de regresar al pasado, pues con el chavismo guardan alguna esperanza, mientras que lo que les ofrece la oposición es incierto y la gente puede estar sintiendo el tufillo del retorno a un país que rechazan profundamente, un miedo que la oposición con Guaidó a la cabeza no ha logrado despejar.

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