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Guerras que envilecen

Juan Manuel Ospina

12 de agosto de 2014 - 10:08 p. m.

Viendo la pesadilla palestina y recapacitando sobre nuestro conflicto interno, no puedo dejar de pensar que no hay nada más estéril, degradado y degradante que una guerra interminable, cuyos orígenes o motivos hasta se olvidan con el transcurso de los años.

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Sus actores y responsables terminan recubiertos con un caparazón que los aísla de una rutina macabra transformada en cotidianidad, donde lo monstruoso parece normal.

Y en medio del fuego cruzado, unos ciudadanos que son los verdaderos héroes del día a día violento, pues ponen los muertos – en una guerra es más riesgoso ser civil desarmado que soldado armado de cualquiera de los bandos – y sufren la zozobra por lo que pueda ocurrir que, salvo excepción, no es bueno ni depende de su voluntad. Ciudadanos que descreen de ambos adversarios, desencantados de no recibir más que promesas que no se cumplen y de ser testigos de movidas astutas no para acabar la guerra y proteger al inocente, sino para humillar al contrario, aunque ello signifique prolongar el sufrimiento de los ciudadanos y la irracionalidad de los dirigentes.

El conflicto en Palestina es un monumento a la soberbia del poder de un pueblo, el judío, y de su cultura admirable y profundamente humana, fundamento de nuestra civilización judeo – cristiana. Palestina, “tierra de los palestinos”, como todo el Oriente Medio fue por siglos escenario de la convivencia pacífica y fructífera de judíos, moros y cristianos, como sucedió durante 850 años en la España de nuestros ancestros. Los moros eran los judíos árabes, los sefardís, hoy relegados a un segundo plano en un Israel que, junto con su archienemigo Irán, comparte la dudosa y anacrónica condición de ser un estado confesional. Los sionistas gobernantes, fanáticos nacionalistas “del pueblo escogido por dios”, han hecho oídos sordos a los mandatos internacionales que le dieron origen al estado israelí y reconocieron la existencia y los derechos de los palestinos a vivir como nación y a tener un estado libre y soberano. La resistencia palestina se origina en una injusticia que el mundo impotente reconoce, salvo el poderosísimo lobby judío que ha convertido al gobierno norteamericano en su rehén. El gobierno sionista “niega hasta la evidencia” la situación, en su pretensión de lograr la alquimia política de convertir a la víctima en victimario y de presentar la situación como un nuevo holocausto.

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Colombia es otra historia de malentendidos, de tergiversaciones históricas y de juegos de intereses que no se presentan como tales, envueltos en la bandera de la reivindicación revolucionaria o de la defensa de la patria. El resultado es el mismo, una violencia que no termina y que en nuestro caso no lleva a ningún lado; donde igualmente son los civiles sus principales e inocentes víctimas. Ambas partes buscan presentar al contrario como el victimario, único responsable del conflicto; ambos pretenden hablar en nombre de una ciudadanía hastiada de sufrir y que solo espera “que cese la horrible noche”, presentándose como los ángeles vengadores de tanta injusticia, o como los representantes de la legitimidad que encarna la autoridad democrática, encargada de velar por la vida y bienes de los ciudadanos. Y en el medio de ambos, una población de ricos y de muchísimos pobres, desesperados con el continuo sufrimiento e incertidumbre. Solo les interesa que termine la guerra. A diferencia de las partes enfrentadas, al menos por el momento, no les preocupa asignar responsabilidades, determinar quién es víctima, quién victimario. Intuyen que la realidad no es blanca o negra como pretenden presentarla las dos partes, sino un juego de luces y sombras, donde se imponen los tonos de gris.

Mientras que esa realidad no se reconozca, las negociaciones se reducirán a ser la continuación de la guerra por otros medios, con un claro perdedor, el de siempre, el ausente del debate, que no es otro que la verdadera víctima, el ciudadano para el cual supuestamente es la paz. Parece que le llegó su momento en las conversaciones habaneras. Dios quiera que éstas no continúen reducidas a un simple ajuste de cuentas entre los responsables de nuestra tragedia.

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