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Lo del Catatumbo es una vitrina válida para entender y ver en acción la forma como a lo largo de decenios, hemos enfrentado y aún enfrentamos los conflictos propios de una sociedad inmensamente diversa y desigual en su conformación humana y social, en su hábitat, en sus formas de vivir y de ganarse el sustento.
Una sociedad donde se entrecruzan el siglo XXI con el XIX. Sectores cosmopolitas pequeños pero crecientes, que se mueven como peces en el agua de la globalización, transformados en verdaderos ciudadanos del mundo, conviven con comunidades rurales asentadas al margen de esa sociedad, conformadas por conciudadanos sin plenos derechos, producto de un estado secularmente ausente de áreas significativas del territorio nacional e incapaz de acompañar a tantas comunidades en su desarrollo y en la defensa de sus derechos.
Es una historia hasta ahora sin salida, marcada por la desconfianza del ciudadano urbano ante el habitante rural – colono campesino, indígena, negro – percibido como diferente, como un desconocido que le genera reflejos defensivos y aún de rechazo, al asociarlo con amenazas, con peligros. Comunidades rurales que resienten esa lejanía, esa desconfianza e incomprensión hacia su situación, sus reclamos y derechos. Los intereses urbanos al detentar lo fundamental del poder político, económico y mediático en el país, elaboran e imponen su versión de la realidad y de la historia nacional que muy frecuentemente interpreta el malestar, el reclamo rural, como el resultado de la acción embozada de la subversión y con ello desvirtúan el fundamento y sentido de la voz ciudadana y entraban la repuesta democrática a sus solicitudes, con el argumento peregrino de no hacerle el juego a los subversivos. El único resultado que se alcanza por esa vía es consolidar el aislamiento de esas comunidades y su alejamiento del Estado, a la par que acentuar su cercanía a una guerrilla presente en sus regiones; una presencia de la cual quisieran liberarse.
Los sucesivos gobiernos, presos del sesgo urbano anotado, van a remolque de los reclamos rurales de empresarios agrícolas, de campesinos, de ganaderos y ahora de los mineros informales, que no ilegales. Gobiernos que solo reaccionan ante los hechos creados y se defienden diciendo que “no negocian bajo presión”, olvidando que la confrontación nace de su ligereza e inconsistencia frente a los hechos por carecer de una política y una visión estratégica de lo rural que les permitiría liderar los procesos sociales y no solo padecerlos. Lo que ofrecen precipitadamente, angustiosamente, se queda en eso, en simple ofrecimiento, alimentando la frustración y la desconfianza de las comunidades frente a la autoridad, a su palabra y a su seriedad para cumplir los compromisos adquiridos.
Asistimos al crecimiento de las protestas, las solicitudes y reclamos ciudadanos, mientras se hace inocultable la inconsistencia de las posiciones y compromisos oficiales. El gobierno Santos al reabrir las negociaciones en La Habana y al plantear como prioritarios la atención al problema de la tierra, del desarrollo rural y de las víctimas del conflicto así como la crisis estructural de una minería atravesada por la ilegalidad y por la informalidad, destapó la Caja de Pandora de las inconsistencias, contradicciones, irracionalidades e injusticias del desarrollo de nuestras riquezas y comunidades rurales, así como la debilidad de la respuesta oficial tradicional que refleja, repitámoslo, la ausencia de políticas integrales y estratégicas para lograrlo. La dinámica desatada por este gobierno para enfrentar esos viejos problemas, una decisión necesaria para que Colombia se transforme, parece superar la capacidad de iniciativa y repuesta estatal.
Claramente, el Presidente Santos subestimó la gravedad de la situación del país con su saldo de cuestiones importantes no resueltas, así como la intensidad de la inconformidad ciudadana, la distancia entre el Estado y esas realidades rurales y la desvalorización que ha sufrido la palabra oficial. Lo más grave, es la desconfianza ciudadana en las instituciones del Estado de Derecho. Más que de La Habana, las posibilidades de que Colombia termine el conflicto e inicie el camino de su transformación dependerán de cómo se maneje la coyuntura actual. Solo entonces estaremos en condiciones de jugar con la frente en alto en el escenario mundial, como de manera precipitada lo ha pretendido el Presidente Santos.
