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La carambola de terminar dos guerras

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Juan Manuel Ospina
31 de marzo de 2016 - 02:40 a. m.
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“Las políticas destinadas a prohibir o suprimir las drogas han contribuido directa e indirectamente a la violencia letal, la transmisión de enfermedades contagiosas, la discriminación, el desplazamiento forzado, el dolor físico innecesario y el debilitamiento del derecho de las personas a la salud”.

La anterior afirmación, con toda su contundencia y gravedad, no es el fruto de algún cerebro embotado por la droga, esclavo de su vicio, sino de una comisión de investigadores de la Universidad John Hopkins, emporio de la ciencia médica norteamericana y de la revista médica “Lancelot”, una de las más prestigiosas en esa área del conocimiento universal. No llama la atención tanto lo que allí se afirma sino quienes lo afirman. Cada vez hay mayor conciencia del fracaso de la famosa guerra contra las drogas que hace cuatro décadas declaró el presidente norteamericano Richard Nixon, reafirmada en 1998 por la Asamblea General de Naciones Unidas al aprobar la prohibición de todo uso, posesión, producción y tráfico de estupefacientes.

Para Colombia, este tema es crítico pues, más allá de lo que se pueda acordar en La Habana, solo empezaremos a dejar atrás décadas de violencia y corrupción, de violación de todos los derechos imaginables si se cambia la actual política antidroga. El narcotráfico es uno de los temas escabrosos abordado tímidamente en las negociaciones habaneras; sin duda alguna es la principal razón por la cual el Gobierno norteamericano las apoya, como se pudo apreciar en el discurso del presidente Obama en Cuba.

Están dadas las condiciones para que se le pueda dar un viraje fundamental al manejo de las drogas en el país, sobre la base de que las Farc se decidan a apoyar la lucha más importante que tiene Colombia, no solo su Estado, sino sobre todo su sociedad, el conjunto de su población. Si se ponen sobre la mesa los autorizados conceptos científicos antes mencionados y los compromisos a los que se debe llegar con las Farc, sería posible que Colombia pueda hacer una moñona al enterrar no solo nuestro obsoleto conflicto armado, sino dar un aporte definitivo a la terminación de la nefasta guerra contra las drogas. Las Farc, si quieren ser consecuentes con sus orígenes políticos y responsables ante sus conciudadanos, no pueden perder esta oportunidad para ser actores fundamentales en la terminación de dos guerras profundamente entrelazadas, a la par que abrirle el camino a un manejo realista, políticamente correcto y humanamente responsable al tema del consumo de drogas.

Se trata de un tema que no puede ser abordado como hasta ahora se ha hecho, bajo el ropaje de una campaña moralista, sino como una tarea que necesita partir de reconocer los componentes humanos que se expresan en el consumo de las drogas, tema fundamentalmente de salud pública, como ya se dice y se repite, que reclama una labor continuada de educación al conjunto de los ciudadanos frente a sus peligros y que el Estado le arrebate su manejo al crimen organizado, para ordenarlo y controlarlo de una manera más efectiva. Soñar con un mundo sin drogas, es pretender que el conjunto de los seres humanos son angelicales y perfectos y, simultáneamente, resignarse a que esas imperfecciones de la condición humana sean capitalizadas y manipuladas por los criminales, es no solo equivocado sino terriblemente peligroso, en un mundo en donde día a día se percibe el avance, altamente financiado, de la criminalidad e inhumanidad frente a la resignación o impotencia de ciudadanos y gobiernos que no aciertan con sus políticas por bien intencionadas que sean, dejándole el campo libre a quienes tienen claro lo que se mueve en torno a la droga y los enormes beneficios que les reporta.

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