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La corrupción del alma humana

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Juan Manuel Ospina
17 de marzo de 2016 - 02:00 a. m.
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Me dolió de verdad ver a un Lula enfrentando a la justicia, llorando, desesperanzado; él, que encarnó la dignidad y la honradez al servicio de sus compatriotas pobres y excluidos.

Me llenó de coraje ver antenoche en un noticiero argentino la manera fría y desvergonzada como la familia Kirchner, especialmente Cristina, saqueó al Estado y sobre todo al pueblo argentino, al que decían representar y proteger; tarea diabólica que realizaron a fondo, mientras adelantaban una vibrante campaña por la honestidad y la dignidad y en defensa del patrimonio común, frente a las pretensiones desmedidas de los llamados por la Kirchner “fondos buitres”. Ya se entiende que esa campaña era hipócrita, sin otro propósito que servir de distractor o cortina de humo, mientras se embolsillaban millones de dólares de dineros públicos, en unos montos que hacen ver a los otros desfalcadores latinoamericanos de las arcas nacionales, como unos vulgares “roba gallinas”.

La corrupción, la mentira, la deshonestidad en el comportamiento, y el engaño desvergonzado a ciudadanos asaltados en su buena fe política, son comportamientos que definitivamente no reconocen barreras partidistas o ideológicas, como lo ha pretendido presentar siempre cierta izquierda, moralista en la oposición pero que en el poder, resultó voraz y devoradora. Los de derecha y los de izquierda han resultado iguales a la hora de ejercer la corrupción.

El problema del mundo trasciende las ideologías y se centra en dos grandes males: la codicia anidada en el espíritu humano y el manejo irresponsable de los recursos de la vida, de la naturaleza de la cual hacemos parte. Males que han existido desde siempre pero no con la intensidad y el dramatismo de ahora. Se trata de procesos recurrentes y acumulativos que ya parecen haber alcanzado su tope y que nos conducen de cabeza a una verdadera crisis de civilización, que engloba y trasciende las múltiples crisis parciales: del modelo económico de un capitalismo ultraliberal, de una democracia representativa formal pero que deja al ciudadano por fuera o reducido a simple convidado de piedra; de una cultura y unas reglas sociales que endiosan a un individuo ahogado y prisionero de su egoísmo y de un inmediatismo exacerbado, que rechaza cualquier iniciativa que tenga un tufillo social de solidaridad e inclusión.

No es fácil mantener la esperanza en medio de tanta insensatez. En Colombia pretenden mostrarnos que estamos en las mejores manos, viviendo una realidad de fantasía en la que somos los de mostrar en todos los campos: macroeconómico, de manejo de las negociaciones de paz y de los diferendos internacionales en el Caribe incluido el triste manejo de la afrentosa situación de miles de colombianos olvidados en Venezuela, en manos de un régimen que se hunde en sus propias contradicciones.

Es como si las fuerzas del mal se hubieran soltado y estuvieran haciendo de las suyas. Superar esa pesadilla requiere un proceso gradual de cambios, que no dependa de otra fatal “figura milagrosa” sino del esfuerzo de vecinos, familias, compañeros de trabajo o del futbol dominical que buscan enfrentar su realidad común, la insensatez e injusticia de la misma. Solo cambiará cuando nos decidamos a decir basta y a creer en nosotros mismos, dejando atrás la costumbre de endosar nuestras vidas y futuro a unos prestidigitadores que ofrecen el oro y el moro express y sin esfuerzo. No hay milagros, solo esfuerzo y constancia que permiten pequeñas victorias que no transformaran milagrosamente el presente pues son piedras para construir el único camino cierto al futuro, construido sin ruido con mucha perseverancia y solidaridad.

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