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La decadencia de Occidente

Juan Manuel Ospina
27 de abril de 2023 - 02:05 a. m.

Vivimos tiempos de cambios y descontrol. Sentimos que se derrumba lo que ayer no más parecía sólido, con vocación de permanencia. Muchos creemos que es la decadencia de Occidente, un proceso lento iniciado a finales del siglo XIX y primeras décadas del XX, cuando los Estados Unidos irrumpieron con fuerza en el escenario mundial, ocupado hasta entonces por una Europa burguesa y capitalista que venía de vivir sus años de esplendor final; irrupción que se consolidó en la posguerra del 45.

Mirando lo que se vive hoy en el mundo, es dable pensar que la era norteamericana es el canto de cisne de Occidente, mientras despierta el gigante chino con la decisión y la capacidad para generar una nueva era, la del Oriente. A los valores y la cultura estadounidenses, resumidos en el superficial y anodino American way of life, probablemente les faltaron más tiempo para madurar y decantarse. Se impuso el poderío material y económico, la búsqueda afanosa de la riqueza a costa de empobrecer la vida, privándola de su sentido pleno. Como dijo Paulo VI, la humanidad se confundió y buscó tener más riqueza material, sacrificando el ser más en términos humanos. El resultado es el mundo en que hoy vivimos, donde el poder de lo material se impuso a costa de empobrecer el sentido de vivir. Podemos decir que lo material empobreció la vida y agudizó las desigualdades, la inequidad y la violencia, dándole la espalda a la necesaria convivencia, fundamento insustituible de la vida en sociedad.

La abundancia material plena “de cosas”, y los continuados avances tecnológicos, en vez de liberar del acoso de la necesidad, nos esclavizó con la trampa de necesidades creadas y consumos impuestos, a la par que aumentaba la desigualdad y la exclusión, con el resultado de empobrecer y no de enriquecer la vida, de esclavizar y no de liberar. Atrás quedó la familia extensa, con su estructura intergeneracional que acogía y articulaba generaciones y experiencias de vida, donde el trabajo del campesino, el artesano, el pequeño tendero de la esquina y el obrero con trabajo estable era más que ganar un sueldo, pues, aun en medio de la precariedad económica, le daba cierta organización, seguridad y sentido a la vida. Vendría luego la familia nuclear, que aísla y no acompaña, centrada en un mundo de individuos, en medio de una soledad vital privada de los contactos e intercambios que acompañen y complementen la vida personal. Va surgiendo en Norteamérica, en ese desierto afectivo, una sociedad que les dice no a los niños y sí a los perros y gatos. El trabajo, como consecuencia de los cambios en una economía de grandes empresas operando en un mundo crecientemente globalizado y tecnológico, se va haciendo más especializado y no permanente, perdiendo las raíces, seguridades y perspectivas de futuro que antes tuvo. Hasta la religión se ha convertido en un negocio con predicadores empresarios, donde la riqueza no es de la organización sino de esos empresarios vueltos predicadores, vendedores de una pseudofelicidad, barata y mentirosa. La educación es reducida a técnicas para enriquecerse como emprendedor.

Los cambios en curso conllevan una pregunta, ¿qué traerá la era china? Parece que más disciplina social y un capitalismo de Estado que garantice un mayor equilibrio social, en un régimen donde la disciplina al servicio de la gran potencia limitará la libertad individual, sometida a un interés o propósito general. Al mismo tiempo, van surgiendo propuestas alimentadas por los excesos de la globalización y de mercados no regulados, imbuidas de cierta nostalgia del mundo de ayer (local, comunitario y de familia, de vecinos) como reacción al cosmopolitismo imperante, humanamente empobrecedor. Es la riqueza concreta, que satisface necesidades igualmente concretas, salidas de la entraña del taller y del surco, no la especulativa de las bolsas de valores. Es un regreso al territorio, la nación, la región con su color, olor y sabor propios y definidos, en la búsqueda para recuperar “mojones de identidad” como antídoto contra la indeterminación en que se sumió la sociedad, alejado del cosmopolitismo que se respira en un hotel de cinco estrellas de cadena internacional.

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Melibea(45338)27 de abril de 2023 - 09:19 p. m.
Qué maravilloso análisis de la eterna dicotomía entre la riqueza basada en la avaricia, y la ambición cuyo único mérito es tener plata,joyas,yates no importa a costa de que y la otra basada en la ética y valores,cuyo mérito para progresar es el bien común.
Ruben(8600)27 de abril de 2023 - 07:31 p. m.
China no genera tecnologia de punta. Todo ha sido robado y su poblacion envejece igual que Europa, Japon y USA.
Alan(5584)27 de abril de 2023 - 05:50 p. m.
Es decir Sr Opina que aprueba el modelo chino donde las libertades individuales son capadas, mejor dicho si los de la primera linea hubieran echo ese vandalismo en un modelo chino creo que no se sabria un numero de desaparecidos, vea pues, denigra de occidente alaba a oriente, y en dos frases solo menciona las libertades, como si eso no fuera fundamentam, revise cuanto gana un trabajador alla y nos cuenta
Rotceh(23651)27 de abril de 2023 - 03:51 p. m.
China rumbo a covertirse en la potencia No.1 , con un gobierno autoritario pero progresista basado en el capitalismo socialista. A punta de “palo” han realizado las grandes reformas para atender las necesidades de casi 1.500 millones de habitantes. Hasta hace poco era prohibido concebir más de 1 hijo (a) por pareja. Cero habitantes de calle , peña de muerte para narcotraficantes, el manejo de las pensiones serán manejadas de la mano del sector privado y etc,etc. Obvio, Petro no clasifica.
Lares(24179)27 de abril de 2023 - 02:34 p. m.
De tiempo atrás vengo insistiendo en la decadencia de Occidente - Europa, EEUU, y Latinoamericana, colgada a la cola de las instituciones occidentales. Pero nunca lo habría hecho con la propiedad y precisión suya, Juan Manuel. Yo a usted lo conozco desde pequeño. Muy pronto se lo haré saber.
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