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5 Mar 2022 - 5:00 a. m.

La decadencia de occidente

Han sido complejos pero fundamentales los setenta y cinco años transcurridos después del fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando occidente vivió la consolidación de Estados Unidos como potencia líder indiscutida y el opacamiento de Europa. Mientras que ahora, en oriente, reverdecen viejas potencias, como es el caso de la China milenaria y de una Rusia posterior al fin del régimen soviético, desde siempre desgarrada entre oriente y occidente, como se aprecia en el escudo zarista, debatiéndose entre sus dos almas, las dos realidades que la constituyen, la asiática y la europea, la cosaca y la mongol, que anida en las llanuras y estepas y, al lado de ella, la urbana europea; conflicto viejo, como la gran Rusia, presente en un nuevo mundo, liberado ya de la Guerra Fría, donde aún están presentes los temores y la desconfianza sobrevivientes de la competencia ideológica de las otrora dos grandes potencias, materializados en una OTAN que se resiste a morir, y a la que la invasión rusa a Ucrania ha dado un respiro.

La historia y el ser ruso, con su característica personalidad social, juegan un papel central en lo que se vive en estos tiempos de confusión, incertidumbre y cambio, cuando se ha dejado atrás un mundo bipolar que vivió subsumido en una lucha entre las dos superpotencias, envueltas en banderas y discursos ideológicos maniqueos con un único propósito: controlar y dominar. Estamos en el inicio de un escenario multipolar impulsado por la nueva gran fuerza en plena consolidación: la China milenaria que, armada con su paciencia y visión estratégica, ocupa ya el pináculo del poder mundial; a su lado, una Rusia donde nostálgicamente flota el espíritu de los zares, reencarnado en Vladimir Putin; y unos Estados Unidos que no logran esconder, y mucho menos superar, su pecado original, la esclavitud, que falsea su alma y su edificio social, como involuntariamente lo desnudó Trump.

Fueron setenta años durante los cuales el mundo tuvo en la Organización de Naciones Unídas (ONU) no un gobierno mundial pero sí un sistema de concertación y acción conjunta de los Estados, acatado durante los primeros treinta años, bajo un claro liderazgo de occidente. Simultáneamente, los países de oriente, de Corea a Vietnam y de China a Malasia, se asomaban desde sus premodernidades a una modernidad que les era lejana. Y lo hacían en medio de convulsiones sociales, frecuentemente sangrientas. Fueron años de guerras de liberación y de nacimiento de nuevas repúblicas, en el contexto del derrumbe final de los imperios coloniales europeos. Occidente vivía un ciclo compartido bajo un paraguas donde prosperidad, democracia y occidente se asumían como sinónimos. Unos años después, a raíz del derrumbe del “socialismo real”, se hablaría, con mucha ingenuidad y un tono de superioridad, del “fin de la historia”, con la supuesta prevalencia de un Occidente triunfante. En pocos años, esa confianza cargada de soberbia tendría que aceptar que no era el fin de la historia sino de los siglos del reinado de Occidente. El mundo entró entonces a una zona de turbulencia motivada por la crisis del sistema político liberal —de los partidos políticos y de la democracia representativa—, aunado a la crisis del sistema económico, capturado por el capitalismo financiero en un escenario de cosmopolitismo neoliberal; a la par, avanza el debilitamiento de la institucionalidad internacional que le entreabre la puerta a los proyectos de corte nacional, cuando no francamente nacionalista y, generalmente, teñidos de populismo.

La tentación, en una situación como la actual, con la excepción de China, tan vieja y tan fresca, es mirar hacia atrás con la nostalgia de pretender reconstruir situaciones y condiciones que la historia y los hechos han dejado al borde del camino, olvidando que la realidad no es estática, no es cautiva de un pasado, generalmente embellecido en el recuerdo. Es la obsesión con lo que fue, con lo que ya no es, de mirar para atrás, como en el relato bíblico de Sara, la mujer de Lot. Esas nostalgias alimentan nacionalismos que acaban estrellándose contra una realidad tozuda, e impiden asumir con una mirada clara el presente con sus posibilidades.

La OTAN ya no es; Estados Unidos está enredado en sus conflictos internos no resueltos; Rusia está presa de la nostalgia de la gran Rusia de los zares mientras avanza, incontenible, a su condición de potencia de segundo orden, pero también está insegura en un mundo que ya no controla; Europa, con la oportunidad de su vida, de integrarse liberada de la tutela norteamericana, como la soñó de Gaulle, tiene la responsabilidad de abrirse para incorporar en la Unión Europea a una Ucrania que, ante todo, quiere ser europea; y el escenario lo corona una China sólida, curada de sustos y humillaciones, que quiere trazar su camino libre de las ataduras del pasado para ser poderosa y respetada, independiente y soberana, avanzando con paso firme y una visión estratégica, libre de ataduras, incluidas las que tiene con Rusia.

Bienvenidos a un mundo multipolar en todas sus dimensiones, con un occidente que está reconfigurándose, donde es un jugador, pero ya no el jugador.

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