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Petro enfrenta un desafío mayor, en el que se juega no solo la suerte de su Alcaldía sino su futuro político.
Su propósito, su sueño, es hacer una transformación profunda de la ciudad; su talón de Aquiles, pretender hacerlo con un gobierno minoritario – obtuvo solo el 30% de los votos escrutados, equivalentes al 10% del censo electoral bogotano -. Un apoyo popular que no ha aumentado en el año y medio de gobierno. En lo que sí ha sido exitoso es en darle argumentos, municiones, a sus opositores, encabezados por el Uribismo de Miguel Gómez y su fallida revocatoria, y el Procurador Ordoñez y su amenazante sanción disciplinaria.
Petro tiene un proyecto importante y que hoy Bogotá y Colombia reclaman con urgencia, con creciente angustia e impaciencia: la recuperación de lo público, del interés general, del viejo bien común de la escolástica Tomista. Rescatarlo de las garras de unos intereses privados sin dios y sin ley. Su obsesión, ponerle fin a la rebatiña del cartel de los contratistas que han capturado los recursos de la ciudad y por lo demás, de muchos del país.
Petro quiere hacer prevalecer el interés de los ciudadanos, especialmente de los más pobres y excluidos y hacer de la ciudad un escenario de vida democrático y amable. Quiere recuperar la decencia y la honestidad, acorraladas por la corrupción, que fue su bandera del triunfo. Ello exige reposicionar al Estado como jugador fundamental en la vida social, sacándolo del exilio al que lo llevó la ideología neoliberal, hoy en creciente bancarrota.
El Alcalde encontró una ciudad que en muchos aspectos – formulación de políticas públicas con enfoque de derechos, transporte público, cobertura educativa, seguridad ciudadana… - avanzaba bajo la lógica Mockusiana de “construir sobre lo construido” y Petro, aunque su soberbia mesiánica no le permita reconocerlo, la ha continuado y en algunos casos profundizado. Tiene sí una marcada diferencia con lo que se venía haciendo en la ciudad y es que su propuesta no le apunta al fortalecimiento de un Estado regulador y guardián de ese bien común, que es lo correcto en sociedades complejas y muy dinámicas como las nuestras, sino a revivir el viejo y fallido estado empresario elevado a la categoría de ejecutor directo, entre otras, de las políticas de salud y de manejo de las mal llamadas basuras.
Petro como formulador de iniciativas políticas, como visionario si se quiere, se desenvuelve con soltura, a veces con excesiva soltura, tanto que sus iniciativas lo atropellen literalmente, logrando con ello que muchas sean simples flores de un día.
Es un solitario, que no valora ni respeta el trabajo en equipo, sin el cual no hay salvación posible en el complejo y kafkiano mundo de la administración pública. Conserva sus reflejos de muy buen congresista de oposición pero no adquiere los necesarios para convertirse en gerente público, que es lo propio de un buen alcalde. Actúa más como un iluminado, como la persona que encarna al líder-caudillo que solitario se ubica a la cabeza de “su pueblo”, con el cual tiene un vínculo y un compromiso sagrado y al cual se debe por entero, por encima de consideraciones institucionales, normativas, políticas.
Gustavo Petro es un populista sin ambages y por ello choca de frente con los organismos de control, con el Procurador a la cabeza. Por eso los sectores medios le temen y las clases altas lo descalifican. Y a él eso no parece preocuparle, antes como que le gusta pues ese conflicto y ese rechazo los considera prueba fehaciente de que no les ha fallado a “los suyos”, a su pueblo elector. El problema es que en Bogotá no se votó un cambio de régimen sino un programa anticorrupción y reformista, que no es lo mismo. Y en ello radica su compleja situación que hoy lo tiene frente a un riesgo de marca mayor.
