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El debate de los últimos días sobre la inconveniencia, por motivos de salud pública, de las benditas fumigaciones de los narcocultivos, en buena hora reactivado por el Minsalud Alejandro Gaviria, a quien va mi reconocimiento, obliga al Presidente Santos a retomar un tema fundamental que empezó a liderar internacionalmente y que luego abandonó.
Como suele suceder esta vez se repitió la cantinela de estársele haciendo el juego a la subversión y a los delincuentes; que quienes se atreven a pensar independiente e informadamente, y no a repetir lo resabido, son o idiotas útiles o quinta columnistas del narcotráfico, léase FARC.
Ojalá el mundo y la vida fueran así de sencillos y obvios: los buenos y los malos; blanco o negro y punto. Pero la realidad, la verdadera no la imaginada, es la de un mundo confuso y confundido, prisionero de la precariedad y debilidad de la condición humana, acorralado por la pérdida de valores que no los sustituyen discursos, que ni aclaran ni fortalecen, y que solo expresan una actitud hipócrita que destruye sin aportar; que al castrar iniciativas de transformación invita a la desesperanza.
Hace doce, tal vez trece años, en compañía de Rafael Orduz hicimos en el Senado un debate sobre las fumigaciones. Entonces como ahora se habló de su inocuidad – ¡ el ministro de Justicia llegó a afirmar que sería capaz de lavarse los dientes con glifosato y el general de Antinarcóticos, que podía usarse como jabón en la ducha ¡ -. Lo que hoy se dice desde entonces ya se conocía técnicamente pero se ignoraba políticamente por muchas razones: la presión norteamericana para defender a toda costa su “guerra contra las drogas”; la amenaza de una guerrilla cada vez más comprometida con el narcotráfico, convertido en el principal combustible de nuestro conflicto interno; en fin, una opinión pública conservadora en cuestiones de comportamientos individuales – la droga, el matrimonio homosexual, el aborto, el divorcio, aunque cada vez menos…
Entonces dijimos – y hoy se puede repetir palabra por palabra – que las fumigaciones eran no solo contraproducentes y equivocadas, y hasta perversas, tanto en términos de salud pública, como se alega ahora, como económicos porque es su prohibición y persecución lo que le da su alto valor económico, pues en sí es un producto poco lucrativo, posición que respaldó el senador Enrique Gómez Hurtado ubicado en las antípodas de las FARC, las supuestas beneficiarias de la no fumigación, al decir de una extrema derecha pseudomoralista; ni que decir de sus impactos ambientales al ser fumigaciones indiscriminadas, no micro focalizadas, con una sustancia defoliante para matar el bosque como lo hicieron los norteamericanos en Vietnam. Fumigaciones que obligan al campesino, colono y cocalero, a seguir “selva adentro” para sobrevivir en medio de la precariedad; en fin, es un contrasentido social y político porque se ensaña en ese campesino, el eslabón más débil y por consiguiente vulnerable de la cadena económica del narcotráfico, cuyas ganancias crecen exponencialmente a medida que la droga se acerca al consumidor final en las calles de las grandes ciudades de este mundo enfermo y drogadicto; es un comercio controlado por las mafias internacionales – mejicanas, norteamericanas, españolas, italianas… -. Queda acá el campesino arrinconado, cautivo de los narcotraficantes, que no logra avanzar en su búsqueda de una producción legal, pues hasta sus cultivos alternativos a la coca, apoyados por el gobierno, terminan igualmente fumigados.
Cada vez es más claro en el mundo que “la guerra contra las drogas” fracasó. Pero acá, como suele suceder, las noticias parecen llegar tarde; vivimos a la penúltima moda. Esta no es la excepción. El exceso de hipocresía y la falta de realismo imperantes, terminan por hacerle el juego al crimen; mientras hay ensañamiento con los débiles, los poderosos sobornan impunemente, compran conciencias y votos, patrimonios y voluntades. Sumidos en la tragedia humana y ambiental que no termina, nos confunde la hipocresía reinante, que para colmo es, para algunos, económicamente rentable.
