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La funesta manguala

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Juan Manuel Ospina
13 de enero de 2016 - 11:06 p. m.
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''Que tiemblen los porteros''. Esa frase era de las más escuchadas hasta hace unos años, cuando se avecinaban las elecciones. La razón era sencilla: los políticos conseguían votos con puestos, la mayoría modestos pero políticamente rentables: porteros, las señoras “de los tintos” y del aseo, mensajeros, conductores… Cada nueva elección significaba una renovación de los recomendados de los políticos.

Por entonces el Estado en sus diferentes niveles era ejecutor directo y no contratista de la inversión estatal; asumía directamente la ejecución de las diferentes tareas y funciones propias de la Administración, desde el aseo de las oficinas públicas hasta la construcción y mantenimiento de carreteras e infraestructura, pasando por la salud, la seguridad social, la educación en un alto porcentaje, la seguridad ciudadana hoy crecientemente privatizada. Los políticos pedían puestos no contratos. El Estado era un gran empleador.

Hoy nos carcome la orgía de la contratación estatal sin que haya disminuido la corrupción en la vida pública, una de las razones aducidas para “disminuir el tamaño de un Estado corrupto, costoso e ineficiente”; las nóminas se redujeron pero solo en los niveles más bajos, mientras que el valor de consultorías y asesorías y los presupuestos de imagen y relaciones aumentaban exponencialmente; contratos cada vez mayores otorgados a unos pocos afortunados, quienes una vez ganada la licitación subcontrataban con terceros al menor costo posible, afectándose tanto la calidad del empleo generado como la de la obra realizada.

Las responsabilidades del Estado no son delegables, por lo cual sigue siendo necesario pero la privatización/contratación indiscriminada lo debilita en su capacidad para cumplir y responder por sus responsabilidades constitucionales. En el fondo de esa posición, que no se da solo en Colombia, hay dos posiciones ideológicas: Asimilar el Estado a una gran empresa que se administra con la misma lógica de las empresas privadas. En segundo lugar, que el simple afán de lucro que legítimamente mueve al negocio particular es igualmente válido para buscar y preservar algo tan importante y en ocasiones tan difuso como es el interés general, el viejo bien común de Aristóteles y los escolásticos, propósito fundamental del Estado.

Hoy la política enfrenta la encrucijada de cómo sacar a los políticos de la danza de la contratación y cómo darle a ésta la necesaria claridad para garantizar no la máxima utilidad privada sino el mayor beneficio colectivo, que no es la sumatoria de los beneficios individuales obtenidos por las empresas ejecutoras. No se trata de regresar a la situación anterior a pesar de que en muchos casos era mejor a la actual, sin ser ni mucho menos la ideal; el país ha cambiado y bastante. Sin caer ni en una estatolatría estéril, ni en la ciega adoración del mercado como regulador de la vida de la sociedad, el fundamentalismo de mercado que denuncia George Soros, ese gran especulador. No puede haber nostalgia del viejo Estado ejecutor de todo, hasta del reparto del tinto, pero tampoco sirve un Estado ausente de la defensa efectiva, no solo discursiva, del interés general en concreto, que lo deja en manos de la iniciativa privada para que haga con él como le venga en gana. Urge un Estado moderno, fuerte en su capacidad reguladora, de la mano de una ciudadanía vigilante en la defensa de sus derechos y recursos. Solo entonces podrá combatirse esa manguala terrible y destructiva de contratistas y políticos, que le corta las alas a un país que podría volar alto como un águila, pero que tiene solo el alcance de una gallina. ¿Cómo romper ese nudo que nos atenaza? Una buena pregunta para empezar un año, que según la prensa, por el lado de la paz será decisivo para abrirle a Colombia nuevos horizontes de posibilidades.

PS. Mientras escribo se consuma la entrega de ISAGEN a unos intereses canadienses cuestionados en muchos países. Definitivamente tenemos gobernantes sin sentido de país, encerrados en el facilismo de vender lo que nos compren y con un horizonte e intereses de corto plazo, el período de un gobierno. Tiemblo de pensar que con esa mentalidad se enfrente el postconflicto, lo cual lo convertiría en un fiasco de marca mayor. Ojalá esté equivocado.

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