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La hora de América Latina

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Juan Manuel Ospina
18 de diciembre de 2014 - 04:00 a. m.
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Hay señales de cambios en la escena latinoamericana: Un Papa latinoamericano, un gobierno norteamericano que empieza a reconocer que sin estridencia, en un proceso gradual pero continuado, nuestro continente ya no es, o cada vez lo es menos, “el patio trasero del imperio”.

No en vano Obama finalmente abocó el final de la política anticubana que resulta hoy un anacronismo injusto e inconveniente; saben que ya no son hegemónicos al sur del Río Grande.

Ya hasta el temido FMI por boca de su conspicua directora la francesa Cristine Lagarde, empieza a reconocer que por acá hay una mirada fresca y efectiva sobre la economía y su reorganización, que reconoce y salvaguarda  “lo social”, el gran ignorado en éstas décadas de duro neoliberalismo cuando el Estado como guardián del interés público quedaron a merced de un fundamentalismo de mercado.

América Latina  fue el banco de prueba del neoliberalismo, importado  al continente durante la dictadura de Augusto Pinochet, por un grupo de jóvenes economistas chilenos, alumnos de la Universidad de Chicago del  gran crítico del Keynesianismo con sus políticas económicas de marcado intervencionismo estatal, Milton Friedman. La crítica mayor al neoliberalismo que proviene de estas tierras es una crítica de palabra y obra, que  abre camino en medio del desbarajuste que en todos los órdenes vive el mundo, no solo Occidente. Es una crítica que va más allá de la concepción del mundo que desde el Renacimiento y la Revolución Industrial, hace ya más de 200 años, surgió en Europa Occidental y acabó por imponerse; una concepción  eurocentrista de mercados libres, aunque no necesariamente competitivos, y de un sistema político de democracia representativa, en la cual el individuo – como consumidor y como ciudadano -, es  el centro de todo, hasta tal punto que la señora Thatcher llegó a afirmar que la sociedad no existía, solo los individuos.

Pues bien, en América Latina, el cambio  en curso, es de raíz  cultural, pues  es acá donde  la cultura con sus elementos de identidad, diversidad y sabiduría de vida, es asumida como la nueva dimensión de la dinámica de las sociedades. América Latina, un continente por excelencia mestizo, donde  no solo la naturaleza es inmensa y diversa sino también la cultura,  hija de la europea pero  entroncada  en lo aborigen y  afro, que después de cinco siglos de eurocentrismo empobrecedor, empiezan a ser reconocidas y valoradas. Están además en trance de lograr un protagonismo inédito, en medio del desgaste de la cultura europea,  cansada y egoísta, como lo anotó el Papa en  el Parlamento Europeo.  La latinoamericana es una cultura mestiza que busca centrarse en  el respeto a la vida y a la naturaleza, a “la madre tierra”, que valora su equilibrio.  

El cambio que se está dando valora, sin darle la espalda al mundo, lo propio y auténtico, atado a nuestra idiosincrasia y posibilidades, sin caer ni en un cosmopolitismo vacuo e imitativo ni en un aislacionismo que limita y empobrece.  El nacionalismo es pues el otro actor en este proceso de cambio con sello latinoamericano;  un nacionalismo que expresa la conciencia creciente de que, conservando y valorando nuestras diferencias,  hay una realidad que en este mundo enfermo y globalizado movido  solo por la obsesión de una acumulación económica ilimitada, nos identifica y acerca y nos puede orientar en el camino en la dirección de “La Patria Grande” que soñó Simón Bolívar.  

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