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¿Qué tienen en común el arranque de la presidencia de Donald Trump, el inicio de las tareas del postacuerdo colombiano y la expedición del Código de Policía?
Los tres son fruto de la improvisación en la acción del gobernante, resultado de desconocer sus responsabilidades y límites; el poder del gobernante, no es ni absoluto ni discrecional, y existe para ser ejercido con la gente y para la gente, nunca contra ella u olvidando los compromisos adquiridos con ella.
De Trump ni hablar, digamos solo que se vivió una semana delirante durante la cual un Presidente con débil respaldo ciudadano y enorme poder, por medio de órdenes ejecutivas expeditas y sin fórmula de juicio, hizo y deshizo. Órdenes que más parecen edictos reales de inmediato cumplimiento y no decisiones propias en una democracia. Inapelables e incuestionables, nacidas de la voluntad de un presidente que maneja el estado como si fuera su empresa, con “ánimo de señor y dueño”.
Volviendo a Colombia, es absolutamente preocupante la manera como empezó la aplicación en concreto – con ladrillo y cemento, con maquinaria y servicios – de los acuerdos firmados. El caso paradigmático es la construcción y adecuación de las instalaciones en las veinticinco zonas de concentración para alojar a una guerrilla en proceso de desmovilización. De manera dramática desnudó el grado de improvisación de un proceso, que empezó mal, fallando en algo tan básico. La tarea no era ni imprevista ni desconocida; sin embargo por la falta de planeación terminó en las redes de la manía colombiana de la improvisación. Parecería como si al gobierno y a buena parte de los colombianos, todo hubiera terminado con la firma de los acuerdos y que entonces el conflicto y las FARC desaparecerían como por encanto. El Presidente tranquilo con el premio Nobel, la realización de su sueño, y los colombianos viendo a una guerrilla coger bus como cualquier vecino. El problema es que no está claro a donde los lleva el bus; el gobierno no parece saberlo o al menos no está haciendo lo que le corresponde para que ese viaje, para bien de todos, llegue a su destino.
Los colombianos vuelven a ver el camino hacia la paz como si no tuviera que ver con ellos. Las movilizaciones postreferendo, miradas a la luz de la actual indiferencia ciudadana llevan a pensar si más que un afán de paz, de hastío con la guerra, con su esterilidad, lo que entonces se expresó fue un rechazo a Álvaro Uribe y lo que representa.
La inacción gubernamental lleva a que el gobierno pierda sus restos de credibilidad a la par que aumenta el escepticismo cuando no la indiferencia ciudadana respecto a la suerte de unos acuerdos, huérfanos de doliente; mientras tanto sus enemigos fortalecen las razones para oponérseles; los financiadores internacionales de las tareas del postconflicto, máxime con la llegada de Trump, se desaniman y la guerrilla se inquieta con lo cual, reforzado con “el indiscreto encanto” del próspero y creciente negocio del narcotráfico, aumentarán las deserciones que nada bueno le auguran al país.
Por último, el cacareado Código de Policía que debería ser de convivencia bajo la égida del ministerio del Interior y no de Defensa, literalmente le cayó encima a una ciudadanía que no había recibido previamente una mínima explicación y pedagogía, olvidando que su efectividad dependerá no de la cantidad de multas que pongan los uniformados, sino de la conciencia ciudadana sobre su sentido e importancia; el camino exitoso es que la ciudadanía se lo apropie y no que lo imponga la autoridad. Para muestra de lo precario de su manejo, un habitante de calle podría ser multado por orinar en la calle, comportamiento que obviamente debe prohibirse, pero no me imagino como va a pagarla, y mientras tanto seguimos sin orinales públicos y la vejiga poco entiende de leyes y códigos. Ni hablar de los vendedores callejeros, que no ambulantes porque tienen puesto fijo en las aceras, a los cuales les van a destruir la mercancía y como encima los van a multar; parece un artículo redactado por Antanas Mockus.
Son reflexiones en circunstancias complejas, que permiten entender mejor el actual papel y amenazas de la democracia, que debe ser alma de la gestión pública y brújula de la tarea de gobierno. Un asunto a abordar en la próxima campaña política, es la lucha por reformularla y fortalecerla, en una perspectiva de inclusión social y económica en la perspectiva de un propósito de desarrollo nacional, que el país reclama con verdadera urgencia.
