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Pepe Mujica, el saliente Presidente del Uruguay, conmueve por humano.
Por su capacidad de verdad, por su existencia sin oropeles, ni apariencias ni fanfarronerías. “Soy sobrio pero no austero”, y lo es con una sobriedad digna que no reclama aplausos ni reconocimientos, solo espacio para ejercer la libertad de ser, para no perderse en el marasmo de las apariencias, de las pequeñas envidias y grandes rencores que envenenan el alma, le hacen la vida invivible al prójimo y empobrecen lo único que de verdad tenemos, una vida para vivirla y para darle un sentido, que para Mujica ha sido la lucha sin desfallecer, “siempre quedan cosas por hacer, por superar. La escalera del progreso humano es infinita y todavía hay demasiada injusticia”, pero eso sí, “no te puedes gastar la vida trabajando, necesitas tiempo para tu libertad”. Sencillo y contundente como su viejo escarabajo Volkswagen.
Y dice cosas aplicables a la situación colombiana, igualmente sencillas y contundentes: “Nadie me tiene que pagar por lo que sufrí (como prisionero político por quince años), porque esas cosas no tienen moneda de canje”; a punta de cuentas de cobro no se llegará lejos y por el contrario, cada vez se profundizarán más los fosos que nos separan y se crispará aún más el ambiente. El costo de la paz, lo entiende Mujica como un asunto que cada uno debe responder a partir de la pregunta ¿qué estoy dispuesto a “pagar” por lograr la paz? Mujica nos da una pista, lo que “cada cual sepa llevar en su mochila”. La paz la puede firmar el gobierno pero quien finalmente la construirá y pagará, no solo en dinero, será cada uno de nosotros; por consiguiente, sin un claro y desinteresado involucramiento personal de todos, el acuerdo que se firme y hasta se apruebe en referendo será un papel muerto, sin vida ni sentido.
La paz depende de “que la gente diga la verdad...pues es imposible abrazarla sino se conoce la verdad”. Ese es el fundamento de la reconciliación a la vez que la mejor y única forma de castigo social y humano, que no penal a todos los que delinquieron en la guerra. Considera que en esta perspectiva de verdad y sinceridad, de reconciliación entre seres humanos que superan las diferencias y el pasado, la aplicación estricta de la justicia penal además impediría conocer la verdad completa por boca de los que vivieron los hechos, “mucho más importante que todo lo demás, porque es su futuro, es su porvenir”.
Escuchando a Mujica se entiende mejor que la paz exige más que decisión política y negociaciones, que recursos financieros y técnicos, por importantes que sean. La paz es un gran esfuerzo de transformación, de desarme de los espíritus para lograr un mínimo de confianza y respeto entre quienes conformamos una sociedad hoy convertida en campo de batalla de una lucha sin propósito ni final. Si no se acepta que el otro, el diferente a mí, también tiene bondad, humanidad y sus razones y derechos, aunque aún lo vea o me lo presenten como el enemigo, será imposible volver a pescar de noche, como definía la paz ese otro viejo sabio por lo sencillo y humano, el maestro Darío Echandía. Es irreal e irracional pretender dividirnos entre buenos y malos en un maniqueísmo primitivo que no respeta fronteras políticas, sociales, ideológicas, de género, ni de regiones, y que se siente con mayor fuerza en las cercanías de los centros de poder.
Para rematar, Mojica nos lanza una pregunta “¿por qué tienen que cargar las nuevas generaciones con los fantasmas de nuestro dolor y de nuestras contradicciones?” Y como si quisiera convencerse a sí mismo, no vacila en decir “vale más la paz que la justicia”.
