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La movida social apenas comienza

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Juan Manuel Ospina
16 de junio de 2016 - 02:40 a. m.
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Tiene razón el ministro Iragorri cuando afirma que los puntos de los campesinos en el paro que acaba de terminar, van más allá de la agenda tradicional del reclamo rural: crédito, mercadeo, tierras…

Ahora, como lo empezaron a hacer en el primer paro, liderado por unas organizaciones significativamente denominadas “dignidades campesinas”, el reclamo es más de fondo dirigido más a derechos que a solicitudes concretas, por importantes que estas sean. Le apuntan al reconocimiento como personas y como ciudadanos, no de segunda sino de primera; a ser protagonistas activos de sus vidas, por derecho propio y por la capacidad alcanzada para definir sus vidas. Son campesinos que reclaman su mayoría de edad ciudadana.

Esos reclamos son hijos legítimos, aunque un tanto tardíos, de la Constitución del 91. Una Carta Política estructurada sobre el eje de los derechos y del reconocimiento de la diversidad constitutiva de la nacionalidad colombiana, que implica reconocer el derecho a la diferencia y a poderla desarrollar como camino al enriquecimiento personal, con la esperanza, muy liberal por cierto, de que así se alcanzará el mayor beneficio colectivo. Una carta garantista pero exigente con la tarea de construir la unidad nacional a partir del reconocimiento de nuestra diversidad constitutiva. Una tarea crucial que ha sido olvidada, sepultada en medio de la explosión de derechos, especificidades y autonomías que capturó el discurso público y ciudadano.

Estamos en el tránsito de una realidad, caracterizada por un discurso y prácticas ultracentralistas, al otro extremo, el de la autonomía ilimitada, con un tufillo feudal claramente premoderno: pequeños poderes locales, el mundo de la autosuficiencia en todos los campos, incluido el del conocimiento, donde se exalta lo que nos diferencia, hasta borrar la herencia histórica de lo que nos une. Ese tránsito tiene un poderoso impulsor, el descongelamiento de la materialización plena de los mandatos constitucionales, que fueron concebidos para una sociedad que se creía estaba ad portas de dejar atrás la guerra para caminar hacia una democracia política, económica y social plena, como no la había conocido antes Colombia. Se le calificó de “La Constitución para la paz” Pero la realidad fue más esquiva, pues el conflicto continuó a pesar de que por entonces dejaron las armas el M 19, una parte del ELN y el EPL. El resultado fue una muy lenta materialización de los avances constitucionales logrados.

En el nuevo escenario político que abren los acuerdos habaneros, parece que definitivamente dejaremos atrás el de la guerra antisubversiva con todo lo que esta significó de satanización de una protesta social que era siempre asociada a la guerrilla; se impuso una lógica antisubversiva como norte de la política, que la limitó y empobreció hasta llevarla al estado calamitoso en el que hoy se encuentra. Se anuncian tiempos donde el discurso ya no será antisubversivo, sino de participación, de democracia directa, de movilización ciudadana; los paros agrarios anuncian esos cambios, como las golondrinas anuncian la llegada del verano.

Hacia adelante tendremos muchos paros, no solo agrarios, sobre todo mientras la sociedad y el Estado comprenden que la película cambió. Mientras más se demoren en entender las nuevas realidades, estas sí, de postconflicto, para emplear el término de moda, más conflictivo será el escenario. No puedo dejar de preguntarme ¿en dónde están los partidos? ¿entienden las nuevas realidades? ¿se están preparando para actuar en un escenario político que empieza a desplazar al viejo, en el cual eran amos y señores? Movilizaciones sociales en medio del vacío político actual son la condición para una travesía muy movida antes de llegar a la orilla de una sociedad libre del yugo que le impuso durante tantos años el conflicto a muerte entre la subversión y la antisubversión, donde la gran perdedora por el cruce de balas reales e ideológicas, ha sido la democracia. 

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