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No puedo dejar de sentir una mezcla de enorme frustración, mucha rabia y una gran preocupación con el rumbo que tomó lo que confié sería un camino abierto a partir del virtual empate en el Plebiscito, que podría aportarle a nuestra búsqueda de una salida negociada a un conflicto que debió haber terminado hace muchos años.
Era la posibilidad de corregir el rumbo torcido con que hace más de cuatro años se iniciaron las negociaciones, que en sana lógica democrática debieron partir de un gran debate ciudadano que les diera la condición de un compromiso nacional, al establecer los elementos básicos, las grandes directrices que, en un segundo tiempo del proceso, serían discutidas y desarrolladas por los negociadores, a semejanza de lo realizado para la Asamblea Constituyente. Pero no fue así y los ciudadanos se sintieron excluidos, extraños al proceso habanero; terminaron desentendidos de una negociación percibida como lejana, ajena a ellos. Ese es el pecado original de nuestra búsqueda de la terminación del conflicto armado.
Ese vacío introdujo zozobra y desconfianza en el ambiente y en la discusión. Los uribistas, el núcleo duro de lo que sería el bloque del No en el plebiscito, planteaban, plantean que habían derrotado militarmente a la guerrilla y por ello era inaceptable que los jefes guerrilleros no fueran sometidos a prisión, privados de sus derechos políticos y reducidos a la condición de narcotraficantes. Es claro que no están por continuar una guerra que consideran ganada y cuando hablan de negociación realmente se trataría de una rendición pura y simple, que niega la realidad militar, que no produjo ni vencedores ni vencidos.
El empate en el Plebiscito abrió las puertas para corregir el pecado original del proceso, al permitir, aunque fuera al final del camino, debatir públicamente el acuerdo no solo con los uribistas, sino con muchos otros sectores ciudadanos y políticos que tenían desacuerdos con lo consignado en el farragoso documento Habanero; formularon más de 600 observaciones y propuestas. De Timochenko para abajo, hubo unanimidad de considerar que ese ejercicio democrático permitiría alcanzar un acuerdo con amplio respaldo ciudadano.
El equipo negociador del gobierno trabajó diligente y eficazmente recibiendo, analizando y organizando el cúmulo de propuestas, para su discusión con la guerrilla. Sin embargo lo que empezó bien está terminado mal, pues en sana lógica democrática el trabajo realizado debía concluir en que voceros del NO, incluidos los más recalcitrantes, los uribistas, pudieran, sin intermediarios, exponer y discutir sus propuestas con las FARC. Pero nuevamente la puerta se cerró y renació la polarización y la desconfianza, como lo atestiguan las encuestas que muestran un país de nuevo dividido por la mitad, y los asesinatos relacionados con las negociaciones, pues hay polarizaciones que matan especialmente en medio del río revuelto de la actual circunstancia del país.
No hay augurios de nada bueno, con una guerrilla en una situación delicada e insostenible; con una oposición que inteligentemente aprovecha la incertidumbre reinante; con un gobierno debilitado, inconsistente y temeroso que en vez de fortalecer el respaldo ciudadano a la búsqueda de la salida democrática y realista de la guerra, lo debilita. Parece como si con la paz, hubiera matado el tigre y asustado con la piel.
La última posibilidad para subsanar parcialmente el pecado original del proceso, sería su refrendación por el Congreso donde, si la Corte Constitucional no revive el proceso expedito para estos temas, podría y debería abrirse un período corto de discusión para conocer directamente las posiciones de los del NO y de las FARC.
Probablemente no pase de ser una utopía si el Presidente Santos insista en imponer sus puntos. Una tal discusión organizada, refrendaría la decisión del Congreso y fortalecería las posibilidades de lograr un acuerdo que cuente con el necesario apoyo ciudadano; de no ser así, su materialización será un verdadero calvario y de pronóstico reservado. Gravísimo.
