Publicidad

La paz en la balanza de las decisiones políticas

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Juan Manuel Ospina
29 de mayo de 2014 - 05:03 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

La política colombiana hace años está secuestrada, sobre todo en tiempo electoral, por la sombra atemorizante de las FARC que, como toda sombra, se proyecta con un mayor tamaño que el del objeto real que refleja.

La capacidad de incidencia política de la guerrilla es muy superior a su fuerza concreta y real. Y esto gracias a que ocupa en las mentes y percepciones de la mayoría de los colombianos un puesto sobredimensionado, por cuenta de quienes capitalizan políticamente el enorme rechazo ciudadano a esta guerra interminable. Y gracias también a la guerrilla, con el Uribismo a la cabeza, que nació y creció gracias a su oposición militante a las FARC a quienes siempre acusa de todo lo malo que sucede en el país convirtiéndolas para la percepción y el imaginario ciudadano, en una organización omnipresente y omnipotente; una especie de espíritu demoníaco que nos amenaza y asedia. De alguna manera, aunque suene paradójico, FARC y Uribismo se han necesitado mutuamente.

La pregunta es si esto continuará, o si esa época llega a su fin. Estamos en los momentos de las definiciones, cuando las dos fuerzas enfrentadas deben comprender que el tiempo de la guerra ya pasó. Los colombianos lo tienen claro. Igualmente la llamada opinión internacional, incluidos los sectores ciudadanos y gobiernos que durante décadas apoyaron o defendieron la lucha armada en Colombia. Conocedores de estos asuntos y del pensamiento de las guerrillas saben que por primera vez en medio siglo, éstas finalmente entienden que por las armas no llegarán al poder. Esa sería la garantía definitiva de que estas negociaciones no tienen reversa.

La respuesta de la guerrilla se conoce: continuarán en la mesa independientemente de quien gane en la segunda vuelta; para ellos la paz es una política de Estado y no de un gobierno en particular, como la pretende presentar la campaña reeleccionista. Falta conocer el pensamiento verdadero, no el discurso en una campaña polarizada, del uribismo ¿Su jefe e inspirador entenderá que si pretende mantenerse políticamente vigente, el camino no es eternizarse como comandante en jefe de una guerra “que ya no va”, y que por el contrario puede y debe convertirse en el gobernante que contribuyó a abrir las puertas a la paz en Colombia, como remate de su faena como el comandante militar que hizo posible la negociación en curso. No dudo en que la mayor amenaza a las conversaciones, a los eventuales acuerdos y luego su implantación, es dejar a su máximo crítico, Álvaro Uribe Vélez, por fuera y en libertad para actuar como franco tirador. Esto creo que lo entienden igualmente las FARC, más avisadas políticamente que el grueso de “la izquierda desarmada”.

De esa repuesta depende el desenvolvimiento de la presente coyuntura electoral a partir del apoyo que el Partido Conservador le dé a Oscar Iván Zuluaga. Nadie “regala” los votos necesarios para elegir Presidente; urge definir previamente un acuerdo programático que si bien tendría por centro lo referente a las negociaciones, no podría limitarse a ese punto, pues sin un programa ambicioso pero realista de acciones y reformas de la política y de los programas económicos y sociales en la línea de lo planteado por Marta Lucía en la campaña, lo firmado sería inocuo e inclusive contraproducente.

Tanto el expresidente Pastrana como Marta Lucía Ramírez han expresado la necesidad de que la paz y su búsqueda se “despartidice” para que asuma su verdadera naturaleza de ser tarea, compromiso y aspiración de la Nación y no de un bando. Recuerdan el compromiso permanente del conservatismo con la paz, por lo cual no se trataría de una movida oportunista sino consecuente con su ideario y su historia. Ese cambio es condición necesaria para que cesen los temores ciudadanos, que no son sobre la paz en sí sino sobre la manera cerrada y políticamente excluyente en que el gobierno la ha manejado “entre amigos”. Hasta las FARC lo han rechazado reiteradamente.

Solo con decisiones de esa naturaleza será posible ahorrarle al país la posibilidad del fracaso de las negociaciones en La Habana y cuatro años de peleas estériles pero tremendamente destructivas entre Santistas y Uribistas. Nuevamente, crucemos los dedos.

 

Conoce más

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.