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Asumo mi voto en el plebiscito de octubre con las reservas normales cuando nos encontramos ante una gran decisión, sea ésta de naturaleza personal o colectiva, dada la incertidumbre que envuelve a todo cambio de fondo.
Dicho lo anterior, considero votar por el SÍ, porque da la posibilidad de iniciar esos cambios estructurales en los propósitos, instituciones y prácticas del país, que desde hace mucho necesitan un sacudón de fondo para tumbar mucha hojarasca que nos ahoga y hacerle podas correctoras al árbol de la Nación, para que adquiera forma y pueda desarrollarse de manera equilibrada y sostenible, cosa que hoy no es posible. Así algunos partidarios del No argumenten que tenemos un país que funciona bien, que no hay razón para reorganizarlo y que con ello simplemente se buscaría satisfacer las oscuras intenciones de las Farc y su supuesto proyecto “castrochavista”.
Guerrilla y Estado acabaron sentadas para convenir o negociar unas condiciones mínimas de acuerdo, única manera de dejar atrás una guerra, en la que ni uno ni otro había sido derrotado militarmente. En esas condiciones, las partes quedaron parcialmente insatisfechas pues debieron ceder en unos puntos y conceder otros. Por eso, con pragmatismo planteó Humberto de la Calle, logramos el mejor acuerdo posible, no el ideal; dicho de otra manera: lo mejor –el ideal- es enemigo de lo bueno, o sea, de lo posible. Puede sonar mediocre y hasta “entreguista” pero no lo es; es simplemente realista.
Mis reservas nacen con lo que viene el día después del plebiscito, para lo cual el país está en cero: no tiene un acuerdo nacional, políticamente refrendado que saque adelante la gran tarea de transformación de Colombia, pues el propósito no se limita a que la guerrilla “cambie fusiles por votos”, sino que el país definitivamente de un paso adelante en su destino histórico, pues requiere una reorientación fundamental del rumbo, con o sin acuerdos, no porque lo exija la guerrilla sino porque nuestra realidad lo reclama. No se trata del castrochavismo que algunos imaginan, sino de lograr una Colombia digna y respetuosa, solidaria y pujante. En este escenario la negociación ha de ser el catalizador de una decisión nacional.
La versión final de los acuerdos preocupa no porque sean una amenaza, sino porque su estructura sería una verdadera camisa de fuerza para la tarea a desarrollar, dado el afán de los negociadores de no dejar resquicio alguno por donde la mano aleve de la politiquería pudiera hacer su agosto; se privó así de plantear una visión de futuro, que delineara los grandes temas y propósitos a cuyo desarrollo se debería convocar a los colombianos con sus iniciativas, conocimientos, compromisos y recursos; terminó reducida a un catálogo de instrucciones detalladas y de obligatorio cumplimiento para “armar un nuevo modelo de Colombia”. Por cerrarle la entrada a los políticos y su corruptela, marginó la creatividad ciudadana, quedando envuelto en un velo de autoritarismo tecnocrático que acaba por dejar todo en manos de unos técnicos conspicuos y anónimos que desde las “altas esferas” del gobierno, serán los encargados de darle contenido y viabilidad a los acuerdos.
El problema no termina ahí, pues el país requiere una reforma a fondo de sus instituciones, instrumentos y objetivos nacionales para que el propósito de la transformación sea una realidad en el mediano plazo. Desde el plan de desarrollo –que debería tener vigencia por la duración del tiempo asignado al proceso– a los presupuestos e ingresos públicos que deben tener un claro sentido redistributivo en estos tiempos de cambios y de reordenamiento de las cargas y responsabilidades. Esto implica un giro de 180 grados en el camino seguido hasta ahora, que para nada contempla lo que se viene. Igual en la justicia que según los críticos de los procedimientos de justicia transicional, tendríamos una justicia modelo con cero impunidad, a diferencia de la transitoria aprobada. El necesario cambio del diseño centralista, agotado en su capacidad de respuesta, aunque fortalecido en su capacidad de control, y unos departamentos que en la actual constitución quedaron en una situación de “ni chicha ni limonada”. La lista es larga y simplemente sirve para resaltar la necesidad imperiosa de una nueva constitución para que de frente y no por los laditos, se asuma la tarea de definir el marco de esa Colombia remozada. El debate está abierto y es pertinente porque de él depende que de verdad la firma de la paz sea la orden de largada para un profundo reordenamiento del país.
