Solo viéndonos y tratándonos como seres humanos normales, no como monstruos, con nuestros sentimientos, afectos, miedos y sueños, seremos capaces de lograr algo tan profundamente humano como es la paz a partir del respeto del otro, del que, aunque diferente, es nuestro semejante, humano y colombiano como nosotros.
Puede sonar “a disco rayado”, pero hay que seguir insistiendo en la paz que sin ser una varita mágica que de golpe transforme la vida, si nos abrirá las puertas a la posibilidad de lograr un país mejor, más decente en todo sentido, donde no sean el odio, el sectarismo y la arbitrariedad, cuando no la franca atarbanería, los comportamientos que campeen en nuestra cotidianidad, la de pobres y ricos, de negros y blancos.
Lo que se conoce de lo sucedido en la última semana en la clandestina negociación que avanza en La Habana, permite reafirmar la confianza en el proceso de negociación pues, más allá de las motivaciones y expectativas de las partes y de sus negociadores, afloró la humanidad de víctimas y victimarios, componente indispensable de una negociación que es política en su forma y sentido, pero radicalmente humana en su naturaleza y contenido; de continuarse en esa dirección , la paz finalmente cuajará y se abrirá el camino a una reconciliación con “propósito firme de enmienda” de todos con todos. De no ser así, lo que se firme será letra muerte que difícilmente refrendarán unos ciudadanos a cuyos corazones no haya llegado el espíritu de la reconciliación, al no haberse desarmado sus espíritus y sus mentes. Esto probablemente suene romántico y hasta cursi a los oídos de los duros espíritus guerreros o de las frías mentes racionalistas que asumen la negociación como una fría partida de ajedrez, donde el único propósito es derrotar al rival; lo que no puede olvidarse es que esa es la realidad de la condición humana.
Es más que diciente, que un duro de la guerra como Iván Márquez le hable al General Flórez, el duro del otro lado, sobre la humanidad situada por encima de las diferencias y que luego ambos se den la mano. La guerrilla se reconoce a sí misma y a su adversario histórico en su humanidad y en su ser de colombianos; es decir, que por encima de las diferencias y los enfrentamientos, hay un sustrato común que une e identifica a los que ya asumen la condición de rivales y no del enemigo que debe ser destruido, como es lo propio de la guerra. Son esas realidades vitales compartidas, cuando las partes enfrentadas las reconocen y respetan, la garantía de que el conflicto no tenga como única salida, al igual que en el ajedrez, la derrota del otro.
Igualmente, los testimonios y los comportamientos no libreteados de víctimas y victimarios durante y después de su encuentro, permiten ver luz al otro lado del túnel y demuestran de manera concreta que solo a partir de las víctimas, como acertadamente lo establece el procedimiento de negociación en curso, será posible encontrar una salida que cumpla con el propósito político y humano de la llamada justicia transicional de lograr justicia y reparación para las víctimas y garantizar que en el futuro no sean revictimizadas.
El país con dolor y desesperanza ha vivido en carne propia una cruel realidad: Es más fácil hacer la guerra que lograr la paz. En pasadas negociaciones los ciudadanos y las víctimas eran más espectadores que actores responsables. Tuvieron participaciones bien intencionadas – el “Gran Diálogo Nacional” en tiempos de Betancur con el M19, o las mesas temáticas del Caguán en tiempos más recientes -, pero poco efectivas, agotadas en discursos y propuestas que no movilizaban el querer, el espíritu de los ciudadanos, que no les transformaron ni la actitud y ni el compromiso, más allá de lo puramente discursivo. Ahora con la novedad de las víctimas como centro del proceso, esa situación puede cambiar para bien del logro de la paz. Fue lo que se entrevió la semana pasada en Cuba. Puede ser un nuevo motivo de esperanza.