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La Policía, una historia tortuosa

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Juan Manuel Ospina
20 de mayo de 2021 - 03:00 a. m.
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Creada en 1891, la historia de nuestra Policía, que se inicia con el siglo XX, es compleja y truculenta, como la historia del país. Fue concebida y estructurada en el marco del proceso para establecer un Estado nacional, un poder central moderno que permitiera superar las debilidades de autoridad estatal con la permanente puja entre poderes e intereses locales y regionales de corte gamonalista que caracterizó al federalismo extremo y romántico del período radical. En sus orígenes está el trabajo y la asesoría prestada por el inspector de la Policía francesa Juan María Marcelino Gilibert. Esta Policía se constituyó como una fuerza policial adscrita al Ministerio de Gobierno/Interior y dependiente en los departamentos de los gobernadores, a cuyo servicio se encontraba, en un país golpeado por la devastación humana, demográfica y económica que dejó la Guerra de los Mil Días, y entusiasmado por los aires de cambio y prosperidad que bajo la bandera “del progreso” reemplazaron el ambiente enrarecido de los conflictos político-ideológicos y de las guerras civiles decimonónicas.

Un momento de ruptura se dio entre 1929 y 1930, con la gran crisis del capitalismo mundial, mientras que en Colombia el Partido Liberal ganaba la Presidencia, poniendo fin a la larga Hegemonía Conservadora. Se inició un período de turbulencia política, al reaparecer en el horizonte nacional, desde las regiones, las orejas de la violencia partidista, en medio de la profundización de las transformaciones sociales, económicas, culturales y de ocupación del territorio en curso. La Policía, dependiente de los gobernadores, empezó su involucramiento en los conflictos partidistas territoriales, generándose de hecho una Policía liberal y otra conservadora, según la orientación del respectivo gobernador.

El punto culminante de este proceso se dio con ocasión de los sucesos del 9 de abril. El Gobierno central nacionalizó la fuerza policial y la trasladó del Ministerio de Gobierno al de Guerra/Defensa, iniciándose así su desnaturalización como fuerza civil desarmada responsable de garantizar la convivencia y seguridad ciudadana (“guardianes de paz”, como los definen en Francia), para convertirse en parte de la Fuerza Pública del Estado, encargada de su seguridad (“los hermanos menores”, como los llaman los militares).

Durante “la violencia tardía” de los 50 y en el medio siglo de existencia de las acciones guerrilleras, la Policía se transformó en una fuerza armada de combate, alejándose de su naturaleza civil como guardiana de la convivencia. En su equipamiento con armamento ofensivo, en su entrenamiento y discurso institucional, en la naturaleza de las misiones y operaciones en las que participaba, se acrecentaba su perfil militar en detrimento del policial. Profundizó lo anterior y en parte validó su identidad militarista el surgimiento de grupos criminales organizados como verdaderos ejércitos, especialmente por el impulso del narcotráfico.

Esta metamorfosis tiene su explicación en las condiciones particulares de la criminalidad existente en Colombia en las últimas décadas, asemejándola a fuerzas parapoliciales existentes en otros países —los Carabineros italianos y chilenos, la Guardia Civil española, la Republicana francesa y la Nacional estadounidense—, creadas para atender situaciones criminales que superan las surgidas de la convivencia ciudadana. Colombia, sin duda, necesita ese cuerpo armado que actúe en la lógica de la seguridad nacional, como parte integrante de las Fuerzas Militares que den abasto a los requerimientos del crimen que amenaza las ciudades.

Sin embargo, el cuerpo policial civil simplemente no existe en Colombia; el problema no es el Esmad, como algunos plantean. El afán de la inminente transformación de la Policía está en la conformación de ese cuerpo civil adscrito al Ministerio del Interior, responsable de garantizar el ejercicio de los derechos y las libertades individuales para asegurar la seguridad y pacífica convivencia ciudadana, como bien corresponde a nuestro ordenamiento democrático. Sería un cuerpo policial dependiente del alcalde en tanto es “la primera autoridad de Policía del municipio”, según establece la Constitución. Hoy el comandante de Policía de la ciudad le responde jerárquicamente al mando policial integrado al Ministerio de Defensa, generándose una ambigüedad de competencias y responsabilidades, particularmente surgida de lo confusa que es su actual naturaleza, y no lo afirmo como columnista, sino como ex secretario de Gobierno de la capital de Colombia.

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Julio(87145)20 de mayo de 2021 - 04:46 p. m.
Señor Ospina, el actuar de la Policía desde hace tiempo, como lo resalta en su columna, simplemente es el resultado de la política de fuerza que han tenido sucesivamente los gobernantes y, en general, la dirigencia de la Nación. Es una política de Estado. Para que no adentremos en otra instancia en este país, será necesario darle un rumbo diferente a ese cuerpo policial.
juan(9371)20 de mayo de 2021 - 02:38 p. m.
Nuevamente que vengan asesores franceses y retomemos el carácter netamente civil con honestidad y vocación por cumplir las reglas de derechos humanos,sin injerencia militar, solo respondiendo al alcalde local.
Atenas(06773)20 de mayo de 2021 - 01:43 p. m.
Sí, q' sigamos navegando en el mar del lirismo q' nos atormenta, y en función de ello q' nuestra amenazada Policía sea el apaga incendios de lo q' tan vorazmente se prende en la innata antropofagia q' nos consume. Y en tan funesto idealismo se pretende q' un eximio cuerpo d esforzados hombres q' ofrendan su vida sean los paganinis d esta errática sociedad, y otra prueba más d esta calamidad.
DAVID(rv2v4)20 de mayo de 2021 - 10:54 a. m.
Sea cual sea la dependencia ministerial que quede la nueva institución civil, deben hacer énfasis en la educación de los miembros, pues sin cultura y con apenas medio bachillerato, les queda muy difícil respetar los derechos humanos y matan sin asco o consideración divina. Los de arriba están tranquilos porque a ellos si los respetan, no es más que les griten: ¡usted no sabe quien soy yo! y se van
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