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La política en bicicleta

Juan Manuel Ospina

23 de mayo de 2018 - 10:00 p. m.

No solo en Colombia se agotó la vieja manera de entender y hacer la política. Todo indica que el próximo domingo podríamos asistir a sus funerales. Los partidos como los hemos conocido aparecen como cosas del pasado que ya no comandan el escenario y la dinámica de la política. 

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Están claras las dos realidades que marcarán el futuro. De una parte terminó la hegemonía de partidos fuertes, propios de un bipartidismo herido de muerte desde la Constitución del 91. Entramos en tiempos de coaliciones que ya no son los simples acuerdos personales y electorales de las microempresas que florecieron en el período posterior a la expedición de la Constitución. Estas coaliciones serán organizaciones políticas menos rígidas e ideológicas, más fluidas y con vocación de construir acuerdos, ellos también fluidos.

La segunda realidad determinante la definía de manera gráfica y precisa Fabio Valencia Cossio cuando afirmaba que para avanzar en política hay que montar en bicicleta, de la cual una de las ruedas es la O de organización y la otra es la O de opinión. Lo anterior con resultado del espacio creciente y democrático que ya ocupa la opinión ciudadana y que puso al desnudo la insuficiencia y la capacidad manipuladora de la vieja política, en la cual solo se escuchaba la voz de los políticos. Hoy se oye además el coro de la voz ciudadana que ya no se limita a expresarse en un voto mudo.

Mirando las bicicletas en que montan los candidatos muchos aparecen en monociclo. El más significativo es el monociclo de Germán Vargas, el de la vieja política de maquinaria y plata con un gigantesco déficit de opinión.

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Por el contrario, Gustavo Petro muestra una sobreabundancia de opinión, especialmente en sectores populares y juveniles, a la cual le falta organización, que puede ser un limitante el próximo domingo. El Centro Democrático tiene la bicicleta más sólida, fuerte en opinión y con una organización disciplinada y hasta ahora monolítica , que le da a Duque confianza para muy probablemente imponerse el próximo domingo. Humberto de la Calle, el gran sacrificado en esta campaña, tiene reconocimiento que se traduce en opinión, pero se dejó montar en una maquinaria que “ya no sopla”.

Y nos queda Fajardo, bueno para el ascenso, que lleva el último mes parado en los pedales y trepando metro a metro. Logró en este cierre de campaña consolidarse como una propuesta independiente y creíble, situada por encima de una polarización que tiene más de ruido que de contenido. Un centro en el cual no logró ubicarse Vargas y quedó excluido De la Calle por falta de combustible.

Fajardo es la última y fundamental carta para evitar seguir en un país donde la mirada al otro es con miedo y rabia. Quienes no quieren ese escenario tienen en sus manos evitarlo votando por Fajardo. Yo lo haré porque la suya es una voz sensata y responsable en medio de la confusión reinante. Porque la suya es una posición tranquila, clara y abierta a un mejor futuro compartido que une para avanzar. 

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