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Se podría hablar del “secreto encanto de la política”, pues a pesar de que goza de una pésima fama, en alto grado merecida, sin embargo es tema obligado de toda conversación, aunque sea para maldecirla y culparla de todo lo malo, rara vez de algo bueno.
Los jóvenes la tienen clara o al menos la intuyen correctamente, pues cuando la ven negra o por el contrario, vislumbran una posibilidad de cambiar un presente mediocre sin futuro ni sueños ni propósitos, como se volvió nuestro mundo y no solo acá en Colombia, salen de su aparente apatía y con alegría y novedad salen a tomarse las calles, a protestar con una voz clara que nada esconde ni nada debe justificar. Puede ser simplemente impetuoso, puede acabar en un fuego fatuo, que termina tan rápido como empezó, pero puede ser también, y a eso le apuesto con mi optimismo o ingenuidad, la expresión de la necesidad de romper la mediocridad presente, de apostarle a algo que le da sentido a la vida: jugársela por la paz y por la vida y contra la muerte.
A esa convicción no se llega a través de conciliábulos o incisos ni de trescientas páginas de un farragoso e indigerible acuerdo de paz, pleno de incisos y ambigüedades, sino simplemente por la unión natural de voces y voluntades/corazones para, por encima de las diferencias, mirar juntos pa´delante, que es hacia donde miran los jóvenes, los habitantes naturales del futuro. Con su movilización y de una manera contundente gritan que les dejan a los viejos - de espíritu, que no necesariamente de edad -, un pasado, su pasado cargado con sus odios, frustraciones y rabias. La tienen clara que se trata de un pasado que frena y amarga el presente al robarle a la vida presente toda grandeza y esperanza. No les interesa acusar ni señalar, simplemente enfatizar en que todos podamos finalmente reconocernos como hijos de esta tierra y que aquí y ahora tenemos en nuestras manos, la posibilidad de un nuevo comienzo, en el cual seremos lo que siempre hemos sido, pero libres de la hojarasca y del veneno acumulado por una guerra que no culminó y mucho destruyó.
Y al lado del coro de jóvenes decididos se ha escuchado la voz del capital, de los empresarios, armándose un binomio inédito pero con una enorme capacidad de transformación, pues ambos parecen expresar su inconformidad con la situación de un país que no interesa ni a los jóvenes ni a los empresarios que quieren construir nueva riqueza y mejor distribuida, como única manera de justificar su esfuerzo empresarial. El empresario que no mire al futuro, que no se la juegue por él, como empresario está condenado; quedaría reducido a medrar en medio del despelote de un país crucificado por el conflicto y sus secuelas.
Son movidas de actores sociales fundamentales y la apertura de nuevos horizontes que en estos tiempos de cambio, dinamizados por el empate del plebiscito, se empiezan a dar en medio de la ausencia total de los políticos y sus organizaciones, empezando porque la votación plebiscitaria no es producto de las maquinarias ni de su combustible, la empalagosa mermelada. El nivel de la abstención se mantuvo en su promedio histórico, pero los abstencionistas en un alto porcentaje serían los electores que solo se mueven al ritmo que le imponga su jefe político. No sé cuántos de los jóvenes que hoy marchan votaron ese día, pero los resultados en el contexto en que se dio la votación indicarían que el abstencionista no lo es por indiferencia o por egoísmo o falta de instrucción política, como se dice siempre; se es abstencionista porque lo que le proponen votar, o no le interesa o considera que es un cuento, dada la crisis total de confianza en la palabra política, pues como en la canción, son palabras tan son solo palabras que se las lleva el viento.
Están dadas para que la política – en su sentido, quehacer y actores – cambie de manera fundamental. Por el momento es solo una posibilidad pero podría ser el principal logro de los acuerdos, para bien de Colombia. Sin duda la más importante víctima del conflicto armado ha sido una política que sea de verdad democrática.
Cruzo los dedos y hasta me dearía decir iluso porque la posibilidad de cambio real bien lo vale.
